jueves, 16 de febrero de 2012

Yo fui... esquiador acuático

Deslizarse por las aguas del delta puede ser ideal para desenchufarse de los problemas cotidianos y el ruido de la ciudad, pero si no se toman las precauciones del caso, las consecuencias pueden sentirse, y mucho, en el cuerpo. Por eso, nada mejor que asesorarse con instructores capacitados para que la experiencia resulte inolvidable. Y si encima el tiempo acompaña, mucho mejor.



Llegar a la redacción un viernes en bermuda de baño, remera deportiva y ojotas y decirles a mis compañeros que iba a trabajar causó que todos me miraran incrédulos. Convengamos que mi vestimenta daba mucho que pensar, ya que era una combinación más relacionada con un veraneante que con un trabajador. Pero era verdad. Esta vez, mi desafío era pararme sobre esquíes y deslizarme sobre el agua, reto que se incrementó al ver un hombre de 70 años y un niño de 8 esquiar con más facilidad que con la que yo me levanto a la mañana.

Seguramente estén pensando que me aprovecho de esta sección. No se equivocan. Lo bueno es que para un deportista como yo, cuyo mayor esfuerzo es estirar el brazo y apuntar el control remoto a la tele, la forma de relatar la experiencia es muy diferente a la de alguien que acostumbra a realizar estos deportes. Por eso es que encaré este desafío, porque como explica Jorge Renosto (70) –el odontólogo dueño de la escuela Wake-Beach–: “cualquiera puede esquiar, desde los 3 a los 75 años”. Y aunque no resultaría una tarea sencilla, no estaba dispuesto a soportar un fracaso.

En San Fernando, el sol del mediodía perfora la piel. Sobre mi cabeza todo es celeste. El día es ideal para revolcarse en el agua. Esperamos la llegada de Jorge mientras una grúa de la guardería Sarthou deposita la lancha en el agua. El grupo está conformado por Gustavo, un empresario que comparte con sus hijos la pasión por los deportes acuáticos, Andrés y Facundo (los instructores), Patricio y dos chicas más.

Luego de 10 minutos en lancha llegamos a Wake-Beach, el parador en el que está la escuela de esquí acuático y wakeboard de Jorge, ubicada sobre el río Sarmiento. Desembarcamos y empezamos a organizarnos. Jorge define que primero saldrán los integrantes de la familia de Gustavo, luego una de las chicas y luego será mi turno.

En el parador hay un bar; Jorge nos invita a que pidamos algo liviano, porque para mi salida aún falta más de una hora y media. Así que tras una ardua discusión pedimos:

–Una grande de muzarella y una cerveza de litro, por favor.

–¡Ah bueno!, qué deportista eh –grita Jorge, entre carcajadas.

–Periodista, Jorge. Soy periodista –le replico mientras me clavo una porción y levanto mi vaso de cerveza bien helada.

A los botes

El esquí acuático es un deporte en el que hay que deslizarse sobre el agua con un par de tablas de madera o fibra, tirado con una cuerda por una lancha de gran potencia. El primer campeonato del mundo de esta modalidad se disputó en 1971 en Gerona, España y fue deporte de exhibición en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, aunque no es aceptado como competencia en las olimpiadas por necesitarse un impulso mecánico (el motor de la lancha).

Jorge compitió y recuerda que en sus juventud era especialista en 2 de 3 tipos de competencia: slalom y salto rampa. Hoy, es uno de los instructores que más competidores medallistas entrenó; tanto, que uno de sus hijos, Georgi, fue campeón panamericano y en el mundial de China de 2005 salió octavo.

Luego de comer me llama Andrés, uno de los dos instructores y, en tierra firme, comienza a explicarme la técnica para pararme. Me sienta a su lado y arranca la clase.

–Así vas a estar en el agua. Las rodillas al pecho, los pies siempre con los dedos hacia arriba y con los brazos (agarrado al manillar) abrazando las piernas –explica.

No es nada difícil, el problema es que en el agua uno no tiene el culo en la arena y los esquíes tiran hacia arriba para flotar. Andrés insiste en que siempre hay que volcar el peso del cuerpo sobre los dedos del pie y no sobre el talón. Intento memorizarlo.

–Cuando la lancha empieza a tirar, nos mantenemos siempre con el pecho firme y acompañamos el movimiento hacia adelante, siempre con las rodillas apuntando a la lancha –continúa.

Una y otra vez repetimos el movimiento hasta que más o menos me empieza a salir como a él. Ya estoy cansado y ni siquiera me mojé los tobillos. Lo repetimos un par de veces con un manillar y Andrés tira de la soga como si fuese la lancha.

–Ya estamos listos –asegura el instructor.

–¿Eso es todo? –me sorprendo.

–Con eso estamos, ahora hay que ver cuánto de todo lo que hicimos podés repetir en el agua– ironiza el instructor.

No muy convencido, me pongo el traje de neoprene, el chaleco salvavidas y meto mis pies en el agua. No entiendo por qué me tiemblan las piernas si ni siquiera me puse los esquíes. “En el barrio lo llaman cagazo”, me replica por detrás Guido, el fotógrafo. Al escucharlo, interviene Andrés: “No le des bola –me anima–. Cualquier problema, Jorge es odontólogo y puede hacerte un descuento”. Si intentó darme ánimo, logró lo contrario. “¿Quién me manda a esquiar?”, se pregunta mi cerebro.

–Basta de joda, a esquiar –insiste Jorge.

–¿Y si los miro desde la lancha y después lo cuento?

–No jodas y calzate los esquíes –ordena mientras me calzo.

Caminando como pingüino me interno en el río, hasta que el agua me llega a la cintura. Jorge se pone a mi lado, me mira fijo, sonríe y asegura: “Llegó la hora”.

Casi por casualidad, días antes de emprender el desafío de esquiar me crucé con un fragmento de una película de Sandro, El deseo de vivir. En él, el recordado cantante encarna a Rolo Medina, un playboy millonario, sofisticado, deportista y mujeriego. Todo lo contrario a mí. Pero volvamos a mi propia experiencia.

–Agarrate fuerte, abrazá las rodillas –indica Jorge mientras me toma del brazo.

La punta de los esquíes que sobresalen del agua chocan por el temblor de no saber qué me espera. Sólo rezo. Antes de que tome noción de lo que voy a hacer escucho la voz de Jorge.

–¡Vamos! –ordena al chofer de la embarcación.

La cuerda del manillar comienza a estirarse y en mis brazos siento cómo la fuerza de la lancha me empieza a arrastrar. “No nos paramos. Nos mantenemos agachaditos hasta que te diga”, insiste Jorge. Mi cuerpo se eleva lentamente y, casi sin darme cuenta, me veo deslizándome sobre el agua. “Ahora nos paramos”, decide el instructor. A medida que me empiezo a enderezar mis pies se mueven como si intentara correr en medias sobre un piso recién encerado.

–Las rodillas inclinadas, el torso derecho, los esquíes más separados. ¡Te suelto eh! –fue lo ultimo que escuché.

Para una persona que por primera vez intenta esquiar, muchas indicaciones juntas pueden complicarla. Eso fue lo que me pasó. Cuando me di cuenta, estaba flotando en el agua. Jorge se acerca a mí y me regaña: “Hiciste todo mal”. No sé si ahogarlo o renunciar. Para él es fácil porque tiene 60 años esquiando.

–Primer error, tiraste del manillar; segundo miraste el agua; y tercero, te caíste –enumera entre risas.

Tirar del manillar 5 centímetros hace que los esquíes se muevan un metro hacia adelante. Por eso cuando tiré, me caí de espaldas. Ya sé qué es lo que no tengo que hacer, así que estoy listo para el segundo intento. No pienso rendirme.

La lancha avanza nuevamente y mi cuerpo vuelve a emerger. Me coloco primero en cuclillas y, con la orden del instructor, comienzo a pararme. Mi cabeza me ordena una y otra vez no tirar del manillar. Mantengo los brazos extendidos. Avanzamos y de a poco voy tomando firmeza. La sensación de libertad y poder que siento al estar parado sobre el agua, con el viento golpeando mi rostro, es única e incomparable. Todo es mágico de no ser por un pequeño detalle: mis músculos no están acostumbrados a trabajar tanto en tan poco tiempo y empiezan a hacérmelo saber.

Cuando veía la lancha avanzar desde la playa parecía que iba lento. Desde acá parece que vamos a 100 kilómetros por hora. De a poco, mis extremidades comienzan a aflojarse y pierdo la estabilidad. De inmediato me agacho y la recupero.

–Bien ahí. Salvaste muy bien la caída. Ahora soltá una mano– insiste Jorge.

–¿Qué? –pienso que este hombre quiere que me mate.

–¡Soltá una mano! –ordena.

Solté una mano y, además, me animé a saludar al fotógrafo. Luego de unos 10 minutos me entregué. Mis piernas parecían un masajeador muscular. El temblor me impedía mantenerme en pie y grité: “Suficiente”.

Jorge me felicitó y salió sin darse tregua con los dos instructores a demostrar que a sus 70 años está mejor que yo con 36. No sólo hicieron la pirámide humana (con él en los hombros de los jóvenes) sino que, también, luego de llevarse los aplausos de todos los que navegaban en el río dio una mortal hacia atrás con un clavado en el agua. Todo mientras yo intento evitar que mis rodillas choquen del temblor.

Por suerte, salí casi indemne de la experiencia: no necesité ponerme hielo en mis genitales, no me di ningún golpe ni tragué agua. Apenas sufrí el reclamo de mis músculos entumecidos, que me avisaron que cada tanto debería realizar alguna actividad física. En una palabra, los únicos que me quedaron sanos fueron los dedos; el resto de mi cuerpo estaba como si una movilización de camioneros me hubiera usado de alfombra. Pero valió la pena.


Agradecimientos: Escuela Wake-Beach
Celular: 011 154 400 0914


Nota publicada en la revista El Guardián.