Estoy desesperada, nunca pensé que mi hijo podía tener algo
tan feo. El psiquiatra dijo que si no lo medico va a terminar muy mal”,
irrumpió llorando la madre de César, un niño de ocho años, en el consultorio de
la psicóloga Teresa Zalazar. Habían llegado hasta allí porque el pediatra le
recomendó que viera a otro profesional, ya que el diagnóstico del psiquiatra no
lo convencía. César observaba a su madre, desconcertado y triste, hasta que la
doctora le dijo que el tema no era tan grave como le habían dicho. El niño
sonrió y mientras miraba a su madre le dijo: “¿Viste mamá? Quizá no soy tan
malo”.
A César le habían diagnosticado Síndrome de Déficit de
Atención (ADD en inglés, ADHD: con hiperactividad) y el pediatra pretendía
medicarlo. Su caso simboliza una tendencia preocupante: cada vez más chicos
argentinos, sobre todo de las clases media-alta y alta, son medicados por
supuestas enfermedades. El tema generó un debate entre los médicos. Para
algunos, la medicación en casos de hiperactividad es una opción aconsejable.
Pero para otros es sólo un negocio de los laboratorios. Mientras tanto, hay
chicos inquietos que son obligados a consumir drogas, sin importar el riesgo
que eso implica.
“La mayoría de los casos pueden resolverse con un trabajo
integral que involucre a la familia y a la escuela, pero es más fácil
empastillar a los chicos que trabajar con ellos. Por eso, hay una
irresponsabilidad compartida entre padres y profesionales”, explicó el
neuropediatra especialista en ADD León Benasayag. A ello hay que sumarle las
presiones de los laboratorios creadores de estos medicamentos a base de
metilfenidato (Ritalin es el más conocido del mercado) y otros estimulantes,
los cuales les dejan millones de ganancias anuales.
Mito o realidad
“Mi sueño es producir medicamentos para las personas sanas y
venderlos a todo el mundo”, comentó hace 30 años a la revista Fortune el
entonces director de la compañía farmacéutica Merck, Hanry Gaddsen. Hoy su
sueño parece haberse hecho realidad, porque el ADD no sería otra cosa que el
antiguamente llamado chico inquieto. “No hay ninguna prueba biológica, ni
genética, ni radiológica, ni característica clínica mínima a la que recurrir
para confirmar la existencia de esta supuesta enfermedad”, aseguro Benasayag.
Reveló que en la actualidad a los niños les hacen las 100 preguntas del Test de
Conners y con eso ya los medican.
El test se basa en preguntas como: ¿tiene explosiones
imprevistas de mal genio?, ¿es impulsivo e irritante?, ¿es destructor?. Por
ello, la coordinadora de la Secretaría de Salud Mental y Familia de la Sociedad
Argentina de Pediatría (SAP), la doctora Alejandra Samisa, insiste en que no es
responsable hacer un diagnóstico por lo que dice un tercero, porque siempre es
subjetivo. “Hay que analizar en base a horas de juego del chico e
interconsultas con otras áreas médicas en conjunto, y en algunos casos se
necesita más de una consulta para hacer una buena evaluación”, dijo Samisa.
En 2005, una copia del test fue distribuido en los colegios
bonaerenses. Los docentes y padres denunciaron que en las escuelas fueron
entregadas copias para el diagnóstico de ADHD, lo que llevó a la dirección de
Psicología y Asistencia Social Escolar bonaerense a emitir una circular donde
se califica como negativa “la difusión y/o aplicación de cuestionarios que
impliquen la detección de niños con supuesto Síndrome de Déficit Atencional”.
En la Argentina, el 90 por ciento de los casos que llegan a
los consultorios por trastornos de atención provienen de las escuelas.
Esta supuesta enfermedad que implica suministrarle drogas de
alto poder a menores despertó discusiones que llegaron hasta series de
televisión como Los Simpsons. “Su hijo –Bart Simpson– es un potencial peligro,
deberé echarlo del colegio a menos que deseen suministrarle una nueva droga,
altamente peligrosa, que no está probada y que puede causarle severos daños”,
le dice el profesor Skinner a Marge y Homero. El capítulo “Cambiando a Bart”
muestra cómo el niño, hiperactivo y revoltoso, se convierte en adicto a las
drogas, que le causan esquizofrenia.
Un negocio millonario
El gran negocio detrás del diagnóstico del ADD representa
millones de pesos de ganancia para los laboratorios argentinos. El primer
trimestre de 2011, los fabricantes de los psicofármacos que se recetan para los
chicos hiperactivos facturaron un 35 por ciento más que en igual período de
2010, y casi 20 millones de pesos más que lo que registraron hace siete años. A
pesar de existir un cupo máximo de metilfenidato para cada país, fiscalizado
por las Naciones Unidas (ONU), el crecimiento de la venta de los medicamentos
psicoanalépticos parece no tener fin.
Durante los años 70, las anfetaminas fueron prohibidas en la
Argentina, pero luego volvieron a la carga. El metilfenato es una droga de
acción similar a las anfetaminas. “A pedido de un grupo de médicos, el Estado
levantó la prohibición de este tipo de drogas. Las cantidades que fueron
autorizando para la compra fueron incrementándose. Los medicamentos
psicoanalépticos figuran en categoría 2 de potencialmente adictivas”, aseguró
Benasayag. Por esto es que se requiere un recetario especial, emitido por el
Ministerio de Salud Pública, que debe hacerse por triplicado.
A pesar de las reglamentaciones, los medicamentos se venden
como agua. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadísticas y
Censo (Indec), la industria farmacéutica argentina facturó 119.416.000 millones
de pesos en medicamentos psicoanalépticos durante los primeros tres meses de
este año, cuando en igual período de 2010 declaró 88.651.000. Entre enero y
marzo de 2011 facturaron casi 19 millones más que en todo el 2004 ($
100.678.000). Bajo esta circunstancia, los laboratorios presionan para mantener
sus ganancias en alta, sin importar los problemas que pueden causarle a los
menores.
En Estados Unidos llegó a convertirse en un problema que
despertó la atención de los gobernantes, y los llevó a aprobar una ley que
obliga a los médicos a declarar el dinero que reciben los laboratorios. En
nuestro país, los chicos medicados suelen ser de familias de buena posición
económica. “Se da mucho en clase media-alta y alta, porque así los padres
evitan realizar un trabajo profundo que implica la participación de la familia.
La medicación tapa el proceso de reflexión intrafamiliar y los problemas de la
familia”, explicó la doctora Samisa, de la SAP.
A pesar de haberse comprobado que el metilfenidato causa
graves problemas en los menores que lo consumen, hay profesionales que siguen
recetándolo. “Está comprobada a largo plazo la disminución de altura en el
crecimiento de los chicos. Además, este medicamento causa pérdida del apetito,
taquicardia e hipertensión; y de generar predisposición de adicción, brotes
psicóticos y hasta casos de muerte”, aseguró Benasayag.
El principal problema radica en los profesionales que
recetan sin hacer un diagnóstico idóneo, en los padres que buscan la solución
mágica sin compromiso y en el colapso del sistema educativo. Según la
coordinadora médico-farmacológica del Hospital Posadas, la doctora Susana
Etchegoyen, el problema que lleva a una medicación inmediata nace de algunos
profesionales irresponsables y de algunas saturaciones que posee el sistema
educativo. “Las aulas numerosas y docentes agobiados sin personal auxiliar. Los
hospitales desmantelados y sobrepasados en su capacidad de acción y los padres
que no se comprometen con la salud de su hijo son los principales factores que
facilitan la comercialización de estas dorgas”, afirmó Etchegoyen.
Desde la SAP admiten que a todos los profesionales les ha
llegado alguna madre con la inquietud sobre un problema de su hijo y hasta con
casos de chicos medicados. “En todos los casos tratamos de intervenir y en
muchos hemos encontrado que no necesitaban medicación sino un tratamiento
psicológico o un trabajo especial y diferenciado de la maestra”, opinó la
doctora Samisa. También apuntó que los maestros suelen estar preparados para
estos casos, “pero lamentablemente en el sistema educacional argentino la
realidad supera al cómo deberían darse las cosas”.
Los chicos, inocentes, terminan convirtiéndose en rehenes de
padres no comprometidos, de profesionales irresponsables y de laboratorios
inescrupulosos que ofrecen autos y viajes como premio a los médicos que recetan
su medicación.
Movida mundial contra
la medicación irresponsable
En todos los países existen movimientos de profesionales que
están en contra de la medicación para menores con Síndrome de Déficit de
Atención. A pesar de eso, los laboratorios incrementan sus ventas año tras año.
Estados Unidos, Chile e Inglaterra son algunos de los más claros ejemplos del
crecimiento de diagnósticos de ADHD, y en todos los casos las denuncias apuntan
a una falta de diagnóstico responsable.
En 2001, casi el 20% de los niños en edad escolar estaban en
tratamiento con estimulantes como el Ritalin. En 2003, las compañías
farmacéuticas anunciaron que el mercado total de medicamentos para el ADHD en
los Estados Unidos era de 1.800 millones de dólares, superando el consumo
nacional de antibióticos y medicamentos contra el asma para niños. Hoy, los
profesionales calculan que sólo el 10 por ciento de los chicos medicados sufren
de ADHD, el resto no necesitan medicación.
El Instituto Nacional para la Excelencia Clínica, entidad
británica gubernamental encargada de los servicios de salud, lanzó en 2008 una
guía donde afirma que el Ritalin debía ser recetado como último recurso y jamás
a niños menores de cinco años. El informe aseguraba que sólo el 3% de los
menores padecía de este problema y en su grado más severo abarca sólo al 1%.
Esto significaba que en un colegio de 1.400 alumnos no más de 10 niños deberían
tomar el medicamento, pero en la realidad el promedio era de 140, es decir, el
10% del total. En Chile existe una percepción similar. “Al menos el 50% de los
niños que llega a la consulta derivado del colegio por déficit atencional no lo
tiene”, indicó la psicóloga y docente de la Universidad Mayor, Macarena
Villanueva.
OPINIÓN
Lo más importante es
n o causar daños
Escribe Teresa
Zalazar, médica cirujana y fisiatra
en rehabilitación profesional.
Todos los profesionales que trabajamos con la salud debemos
preguntarnos a diario sobre el ejercicio de nuestra profesión, entendiendo que
lo más importante es no causar daños. Tenemos la obligación de comprender que
cada ser humano es único en su contexto físico, psíquico y cultural, como un
ser sufriente compuesto de un todo, y no aislarlo de su historia personal.
El caso de César, el niño de 8 años que llegó con su madre a
mi consultorio, me demostró que hay muchos profesionales que se niegan a
cumplir con las obligaciones que juraron. Mi experiencia me enseñó que se puede
abordar un tratamiento desde varios lugares antes de llegar a utilizar
psicotrópicos. Este tipo de medicamento es abusivo y hoy se sabe el daño que
pueden producir. No hay pruebas científicas que documenten que un chico tiene
ADHD y tampoco puede hacerse un diagnóstico por preguntarle a una madre ¿cuántas
horas mira TV el chico?, o ¿cuántas juega a la PlayStation?, porque la
respuesta era “la que le dejamos”, y entonces lo más probable es que ese niño
tenga un déficit de atención ante los temas que no le interesan, lo que no
significa que ese déficit sea ADHD. Los profesionales debemos asumir el lugar
que nos compete. No podemos basar un diagnóstico en un test de 100 preguntas
como si se tratara de una orientación laboral, porque de nosotros depende la
salud de un niño. Debemos buscar todas las llaves para que un tratamiento sea
lo más eficaz y lo menos invasivo posible, teniendo en cuenta que en la
infancia (etapa de pleno desarrollo) pueden quedar improntas que dolerán toda
la vida.
Nota publicada en la revista El Guardián.





