Viví la pasión y la adrenalina de correr ante tres mil personas en una competencia que sólo duró 30 segundos. Pude competir pese a que superé por diez kilos el peso permitido. Los consejos de mis rivales, los trucos para cruzar el disco antes que todos y un final de carrera a todo vértigo. Señoras y señores, hagan sus apuestas.
Faltan segundos para que se largue la final en el hipódromo
Las Flores de Santa Fe. Me tiemblan hasta los pelos de la nariz y creo que a
Corazón, mi caballo, también. Esperar el momento de la largada en la gatera,
encerrado en un cubículo de caño, junto a otros jinetes y caballos que piden
desesperadamente por salir, acelera el ritmo cardíaco a niveles exorbitantes.
Alrededor, tres mil almas agolpadas al borde de la pista y en las tribunas
esperan por mí. Quiero creer eso. Siento esa presión, aunque lo más probable es
que algunos hayan venido por la elección de la reina, por la bella modelo y
conductora Pamela David –una de las famosas invitadas– o por el grupo de cumbia
Ráfaga, que va a dar un show en el lugar. Desde mi sordera nerviosa alcanzo a
distinguir una voz:
–Dale, bosterito, vos podés.
A mi pesar, estaba disfrazado de jockey xeneize. Lo tuve que
soportar. Además porque no había ningún traje con los colores de Independiente,
el club de mis amores. Cuando se abrieron las puertas, Corazón salió disparado
como bala de cañón.
La voz del relator, con el clásico sonido de la nariz
tapada, se escuchaba a través de las antiguas bocinas.
–¡Larrrgaron! Van por el centro de la pista el dos y el
cuatro (yo), que comparten la punta, seguidos por el cinco y el ocho (…).
Quedan cuatrocientos metros y no logro despegarme del dos.
El público grita eufórico, pero mi concentración no me deja oír nada. La pista
está muy fangosa por la lluvia del día anterior. Levanto la mirada y entre las
orejas de Corazón veo el símbolo que indica la llegada, el famoso disco. Estoy
cumpliendo uno de mis sueños, pero ahora quiero ganar la carrera.
Burrero de ley
Desde chico, el tango y los caballos son una parte
importante de mi vida. “Leguisamo solo (…)”, escuche entonar una y otra vez a
Gardel, y cada vez que oía la letra del tango de Modesto Papávero, dedicada al
más grande jockey rioplatense que existió, el ya fallecido Irineo Leguisamo,
soñaba con correr una carrera en el hipódromo. Nunca imaginé que el secretario
general de la Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA), Carlos Felice,
sería tan inconsciente de dejarme participar del Torneo Federal Copa Utta.
Mi relación con los caballos se remonta a cuando tenía ocho
años. Pasaba las vacaciones en el campo donde trabajaba mi tío: yo cabalgaba
desde el amanecer hasta que el sol se escondía en el horizonte. Pero no es lo
mismo un caballo criollo que uno pura sangre. El solo hecho de ver su
envidiable musculatura y las venas marcadas como ríos en un mapa, impresiona.
–Mirá, los caballos de carrera son puro nervios. Si nunca
anduviste en uno, es muy probable que salgas volando en la primera disparada
–me explicó Felice antes de subir a uno.
Todo había empezado a las 10, cuando llegué al hipódromo y
me sorprendió ver a familias enteras acomodándose en las tribunas pegadas a la
pista. Los hombres se agolpaban frente a las caballerizas y analizaban
detalladamente cada animal. Apuntaban al que tuviera más pinta de ganador como
quien busca oro debajo del agua. Los chicos se amontonaban en el carrito que
vendía pochoclo, manzanitas, churros y pastelitos.
–Pensar que cuando hace ocho años se desbordó el río Salado
e inundó gran parte de la ciudad, el hipódromo era una gran pileta –recordó el
sindicalista–. Ahora el lugar está como si nunca hubiera pasado nada.
–Cómo le va, compañero. Yo soy el Chapulín –se presentó un
hombre de contextura pequeña, semicalvo y pelirrojo, en el momento en que
llegué al vestuario. Era uno de los
organizadores. Cuando entré en el vestuario, me sentí Michael Jordan. En los
cuatro metros por cuatro de la habitación, lo único que superaba mi altura era
el techo. Todos me miraban. Claro, era el más alto. “¿Y éste quién es?”,
alcancé a escuchar por lo bajo. En silencio, aunque orgulloso de mi altura,
avancé saludando para ganarme la confianza de los jinetes.
–Dale el equipo al gordito –le ordenó el Chapulín a Miguel,
el Chaquetillero (asistente de los jockeys que limpia y ordena la vestimenta).
Luego, palmeó mi espalda y me deseó suerte.
En un primer momento, me causó gracia que llamase “gordito”
a un hombre de 64 kilos, pero cuando me vestí, lo entendí.
–¿Así que vos sos el jockey? Mirá que tenés que pasar por
mis manos para ver si te apruebo – bromeó Miguel mientras sacó la chaqueta, el
pantalón y el casco.
Entre risas, comencé a cambiarme. Con el pantalón, que era
el más grande que tenían, noté mi exceso. Me vi obligado a acostarme en el
banco, contener la respiración y contraer el abdomen para poder abrocharlo.
Pero el esfuerzo fue inútil. Cada vez que me sentaba, tres de los cuatro
broches saltaban. Era lógico, tengo que usar la vestimenta de un jinete que no
supera los 50 kilos de peso. Los jockeys coinciden en que la fórmula para
mantener el peso es hacer mucho ejercicio, dietas especiales y, más de una vez,
antes del día de carrera, deben recurrir a un sauna para bajar los kilos que
sobren. Con el peso son muy exigentes, tanto o más que los diseñadores con las
modelos de alta costura.
–En la escuela de Jockey de La Plata no pude entrar porque
me pasé un kilo. Pesaba 51 –recordó Sebastián, de 15 años, que sueña con correr
en los grandes premios.
De pronto, un grito me enorgulleció, pero también me
intimidó: “Linda cola te hace, papi”. Sonreí porque parecía la voz de una
mujer, pero cuando sentí una mano pesada en mi nalga derecha no hizo falta que
me diera vuelta para ver a un jockey riendo a carcajadas. En el vestuario,
durante una recorrida por las duchas, comprobé la ley de la ele, esa que dice
que los petisos no tienen todo pequeño.
Antes de salir al desafío, debía respetar el clásico ritual.
Me acerqué a la Virgen cercana a la balanza y me persigné dos veces. Luego,
montura en mano, me pesé.
–¿Cuánto tiene que darme? –consulté a Jorge, el Balancero
(sí, se llama así).
–Sin casco, 58. Pero vos te vas a pasar –dijo.
El hombre demostró su experiencia. Tenía razón. La balanza
marcó diez kilos más de los permitidos. Pero pude correr. Dante Echeverri, un
jinete rosarino que había llegado desde Buenos Aires para competir en la final,
me pasó algunos secretos.
–Cuando estás corriendo tenés que respetar al resto de los
jockeys. Aprovechá el barro de la pista para ponerte delante y que el lodo que
vuela moleste al de atrás –me susurró al oído. Y recordó que en una competencia
tuvo que retar a un colega que le faltó el respeto. “En una décima de segundo,
y con una mano sola, giré la fusta y le
di un golpe seco con el mango en el medio de la cabeza”, dijo mientras imitaba
el movimiento con su mano.
En el escenario estaba todo listo, y Pamela David presentó a
las diez participantes que compitieron por ser elegida Reina del Turf de Santa
Fe.
Los organizadores armaron una carrera de 400 metros, con
caballos criollos, para mí. Aunque creo que, más que mi integridad, su fin era
resguardar a los caballos de carrera. Es entendible cuando uno se entera que en
Córdoba, por ejemplo, hay un padrillo pura sangre por el que su dueño cobra 8
mil dólares para servir a una yegua. Encima, puede rendir 14 servicios por
semana, o sea unos 400 mil dólares por mes (una hermosa jubilación). Puede
cobrar ese dineral porque su padrillo engendró varios potrillos que fueron
campeones argentinos y que han ganado en Europa. Esos caballos se venden luego
a cientos de miles de euros.
Momento crucial
Llegó la hora. Me subí a Corazón y encaramos hacia la
gatera. No bien salimos a la pista, el público comenzó a apilarse contra las
vallas de contención. Tomamos nuestros lugares y, en el momento en el que se
abrieron las puertas de la gatera, salimos lanzados a toda velocidad. El
público gritaba con euforia, no paraba alentar al caballo al que había
apostado. ¿Alguien habrá puesto unos mangos por mí? En ningún momento del día,
ahora que lo pienso, relacioné al turf con el apostador que se juega hasta lo
puesto, quizá porque lo estaba viviendo desde adentro. La carrera comenzó y
sólo tenía que concentrarme en llegar.
Faltaban doscientos metros y el número dos estaba a la par;
no sabía cómo hacer para sacármelo de encima. Quienes me seguían se comieron
los pedazos de lodo que levantaban las patas de mi caballo. De repente surgió
una voz desde el público: “Vaaamos Corazón viejo y peludo, no má”. Ese aliento
enorgulleció a Corazón y le hizo sacar fuerzas de dónde no la hay. El cuatro
empezó a quedar relegado.
–¡Faltan 10 metros para el disco y el 4, Corazón, le saca
media cabeza de ventaja al 2, flash y… –el relator hizo una pausa y luego gritó
eufórico:
–¡Cruzaron el disco!
La carrera duró 30 segundos. En el final recordé la voz de
Gardel entonando: “Leguisamo al trote!, y el Pulpo cruza el disco triunfal”. Me
siento aquel Pulpo que hizo historia en el hipismo argentino. Sin darme cuenta,
logré entenderme con mi caballo Corazón, fundamental para terminar como lo
hice, en lo más alto del podio.
Nota publicada en la revista El Guardián.