Celina tiene cuatro años, está descalza y sólo viste una
bombacha que alguna vez fue blanca y se le cae a cada rato porque tiene el
elástico deshilachado. La niña –la menor de cuatro hermanos– corre de un lado a
otro y no para de reír. Entra en la pieza y se para a un costado de la cama de
su papá:
–Papito, ¿cuando te cures me vas a subir a caballito?
–pregunta mientras acaricia el rostro de su padre.
–Sí, mi amor –responde Diego González, de 29 años. Acompaña
sus palabras con un leve movimiento de la cabeza, la única parte de su cuerpo
que aún le responde.
La pequeña sonríe, se agarra la bombacha y sale corriendo de
la habitación en la que está postrado su padre desde 2008, luego de una
discusión que le costó caro: le dispararon por la espalda. La bala le atravesó
el cuello y dañó su médula ósea.
–¿Qué otra cosa le puedo decir? –reflexiona el joven. Una
lágrima corre por su cara hasta perderse en la almohada.
–No siento odio ni bronca, sólo resignación.
La de Diego y Romina (32) es una de las más de 1.500
familias que viven en Villa Inflamable, un asentamiento ubicado en el Polo
Petroquímico de Avellaneda. Es uno de los lugares más pobres e ignorados de la
provincia de Buenos Aires. Desde hace más de medio siglo, sus 10 mil habitantes
conviven a diario con la contaminación. Y eso a nadie parece importarle.
Ese no es el único problema con el que deben lidiar los
habitantes del lugar.
Las ambulancias no entran en el barrio porque lo consideran
“zona peligrosa”. Eso lo sufre Diego, quien podría recuperar el movimiento de
más del 50 por ciento de su cuerpo con rehabilitación, pero para empezar a
lograrlo necesita algo básico: que lo trasladen. Esta situación hace que, ante
cualquier emergencia, Diego y los otros pobladores (entre niños, adultos y
ancianos) que viven en Inflamable dependan de un vecino cordial. O de un
milagro.
Inflamable y olvidada
Villa Inflamable está a sólo diez minutos de la Casa Rosada.
Las discusiones por el traslado de las familias, entre los representantes del
barrio y la Municipalidad de Avellaneda son tensas. Mientras tanto, sus
habitantes luchan para que se les respeten sus derechos vulnerados.
–¡Sentí, sentí! –grita Gabriela (32), una de los
responsables del comedor La Copa, donde desayunan a diario unos 70 chicos.
–Respirá profundo y vas que ver qué rico perfume –pide entre
risas.
Al principio no se siente nada extraño. Pero luego de estar
cuatro horas recorriendo el barrio, una extraña picazón invade las fosas
nasales. Una sensación que permanecerá por algunos días. Un olor desagradable
que se mete en las vías respiratorias.
–A la noche, cuando nadie controla, las llamas de las
chimeneas del Ceamse son tan grandes que iluminan el barrio como si fuera de
día. Y el olor es insoportable. Aunque cierres todo, se hace imposible dormir.
Te descomponés –asegura Gabriela.
La villa pertenece a Dock Sud, uno de los barrios más
humildes de Avellaneda. Antes era conocido como Villa Prost, pero su nombre
cambió hace unos años con la llegada al lugar de la Compañía Alemana
Transatlántica de Electricidad, cuando la empresa comenzó a distribuir las
boletas de luz con el nombre de Villa Inflamable (por la combustión de las
fábricas a la que está expuesta), un barrio que creció notablemente en la
década del noventa por la desocupación y las migraciones del interior del país
y los países limítrofes.
Inflamable es uno de los puntos de solución más complejos
del plan de saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo. Al ir a recorrer sus
calles de tierra, alcanza con levantar la mirada para ver las columnas de humo
que surgen de las chimeneas del Polo Petroquímico, un predio de 380 hectáreas
que concentra 42 empresas, 25 de las cuales con consideradas de alto riesgo.
Este conjunto de firmas produce el 5% del Producto Bruto Interno (PBI) de la
provincia de Buenos Aires.
En 2003, un informe de la Defensoría del Pueblo de la Nación
desató la discusión. Esta investigación determinó que “la mitad de los niños
que habitan Villa Inflamable tiene plomo en sangre”. A este trabajo se le sumo
otro realizado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA, por
sus siglas en inglés) sobre 144 chicos del asentamiento. El informe reveló
plomo en sangre en 57 casos y se detectaron 17 sustancias tóxicas de graves
consecuencias para la salud.
Según el informe de JICA, el 50% de los niños de Villa
Inflamable posee plomo en sangre, cuatro de cada diez tienen cromo, el 11%
presenta benceno y casi en el 90% de los casos se detectó tolueno. El plomo en
la sangre afecta directamente al sistema nervioso, produce abortos,
convulsiones y disminuye el coeficiente intelectual; el cromo causa problemas
renales, hepáticos y hasta cáncer; el benceno provoca tumores en el cerebro, en
el estómago, en la piel, en los pulmones y en los distintos tipos de leucemia,
entre otras afecciones; mientras que el tolueno puede ocasionar mutaciones en
las células vivas y afectar el desarrollo de los embriones y los fetos.
Celina y sus hermanos son parte de esos niños cuyo futuro
está en riesgo. La situación ambiental y la precariedad en la que viven
colaboran para que cuando sean grandes se vean obligados a convivir con
problemas crónicos de salud.
Diego pasa sus días postrado en una habitación donde la
humedad es la única decoración que tienen las paredes, en una pieza sin
ventanas y apenas iluminada por una lámpara de no más de 25 vatios. Dos camas,
un televisor de 20 pulgadas y una estructura de madera, que hace las veces de
ropero, es todo lo que tiene allí. En la otra parte de la casa sólo hay una
heladera vieja, una cocina rota, dos mesitas chicas de camping y una cama
cucheta. Por los agujeros de las chapas del techo se cuelan los rayos del sol
y, cuando llueve, el agua.
–Me han hecho muchas promesas. Hasta me tuvieron un mes
diciéndome que tal día me mudaba a una casa con asfalto y ahí podía pasar la
ambulancia para llevarme a hacer la rehabilitación. El mismo día que tenía que
mudarme, me llaman para decirme que había un error –relata con la voz
entrecortada.
–Mirame como estoy.
No puedo ni siquiera acariciar a mis hijos –se quiebra.
A Diego, como al resto de los habitantes de Inflamable, no
se le respeta el derecho a la salud. “Mi marido sufrió un infarto y casi se me
muere. Gracias a un vecino que tiene auto pudimos llevarlo al hospital. Cuando
llamé a la ambulancia para que viniera, me dijeron: ‘Lo lamentamos mucho, pero
ahí no entramos’”, relata Judith (45).
Algunas de las calles fueron mejoradas por los propios
vecinos, aunque circular por ellas se asemeja a realizar una aventura similar a
la de los pilotos del Rally Dakar. El mejorado desaparece a medida que se
ingresa en el barrio y es reemplazado por tierra. Las construcciones de
material desaparecen y surgen las de cartón y madera. La red de luz es más que
precaria. Gran parte de los postes de luz están sueltos o inclinados sobre las
casas y se sostienen por los cables.
Como la villa se encuentra en terrenos ganados al río, las
casas y calles están rodeadas por lo que alguna vez fueron espejos de agua del
Riachuelo, en los que todos podían bañarse. Hoy el color cristalino pasó a ser
un recuerdo. El agua estancada tiene un tono amarronado con vetas aceitosas, en
las que se refleja el sol, y con elevados niveles de contaminación, causado por
las empresas del Polo. En las orillas, pegadas a las casas, se acumulan
toneladas de basura de todo tipo.
Una pata con sus patitos nada en una especie de lagunita y
se pierde en uno de los canales que corren entre los pastizales. “Cuando el
agua está baja, los chicos se meten para agarrar a los patos”, cuenta Gastón,
un adolescente de 15 años que vive con su familia en el corazón de Inflamable.
“Uno les explica que esa agua está podrida, pero no tienen conciencia de eso.
No hacen caso”, reflexiona.
Resignados
Las promesas de traslado no son nuevas. Los vecinos buscan
una solución al problema, porque nadie elige vivir en condiciones precarias y
mucho menos exponiendo la vida de sus hijos. Pero esos mismos vecinos no creen
en las autoridades porque consideran que lo único que les importa es el
beneficio de las empresas del Polo Petroquímico por encima de la gente. ¿Qué
pasa cuando las empresas son consideradas más importantes que los habitantes?
En 2006, comenzaron los trabajos en conjunto entre la
Secretaría de Ambiente de la Nación y el municipio. “Durante mi gestión
logramos coordinar con el entonces intendente de Avellaneda, Cacho Álvarez,
para comenzar a trasladar a los habitantes de los asentamientos cercanos al Polo.
También lanzamos un trabajo de reparto de bidones de agua, kits de limpieza
para las casas y cursos de saneamiento del hogar, junto a las ONG que trabajan
en el lugar”, dijo a EG la ex secretaria de Ambiente de la Nación, Romina
Picolotti, quien enfrenta una causa por supuesta malversación de fondos del
Estado.
Los vecinos están cansados de que les prometan y no cumplan.
“En 2008 entregaron un par de casitas y nada más. Hoy estamos peor que en
2006”, explica el dirigente barrial Ramón Apaza, responsable de La Copa y
Paraíso, dos de los tantos comedores del barrio. Ramón y sus compañeros del
comedor denuncian que “los bidones quedan al sol y el agua se pudre, de las
canillas comunitarias nunca sale agua y los supuestos kits de limpieza
desaparecieron”.
En la villa, el único registro que hay de aquel plan de
ayuda son las pilas de bidones de agua amontonados en las casas o flotando en
los asentamientos de líquido contaminado. Pegado a un espejo de agua vive
Carlos Espínola, un maestro formoseño de 45 años. Él y su esposa son cartoneros
y se instalaron allí hace cuatro años, junto a sus tres hijos.
–¿No tiene miedo por la salud de sus hijos debido a los
altos niveles de contaminación?
–A veces uno no tiene la posibilidad de elegir. Las
circunstancias de la vida nos trajeron acá. A nadie le gusta vivir en esta
situación –asegura el hombre, sentado a un costado de su casita de cartón,
mientras abraza a su hija Lourdes, de cinco años.
La grave situación llevó a la Autoridad de la Cuenca
Matanza-Riachuelo (Acumar), responsable del saneamiento de la cuenca, a
presentar un amparo judicial por el cual “se prohíbe ingresar materiales de
construcción en el barrio”, pedido que avaló con su fallo el juez federal de
Quilmes, Luis Armella. “Por el fallo del juez, a los que tienen casitas de
material se les están cayendo los techos en la cabeza”. Varios vecinos, que
pidieron reserva de identidad por miedo a represalias, aseguraron que “los
punteros del intendente Jorge Ferrarese entran materiales con las camionetas
del municipio y nadie les dice nada”.
El artículo 41 de la Constitución Nacional brega por que
todos los habitantes gocen del derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto
para el desarrollo humano y asegura que “las autoridades proveerán a la
protección de este derecho”. Algo que en Villa Inflamable no se cumple.
Para los vecinos, las declaraciones del secretario de
Política Ambiental y Empleo de Avellaneda, Humberto Borsani, demuestran que en
vez de cuidar sus derechos, buscan cuidar los de las empresas. En declaraciones
al diario La Ciudad de Avellaneda, el funcionario ligó el crecimiento local al
de las empresas del Polo. “El desarrollo futuro de Avellaneda estará en los
parques industriales de Villa Luján y Villa Inflamable”, afirma.
Hoy, los vecinos se encuentran enfrentados con el municipio
porque aseguran que quedarse en el lugar significa morir lentamente. En
respuesta, Borsani le aseguró a Miradas al Sur que “las empresas del Polo no
contaminan”, y que “el aire está medido por monitoreo constante”. Los mismos
monitoreos que el adjunto primero a cargo del defensor del Pueblo de la Nación,
Anselmo Sella, cuestionó en un informe expuesto en marzo de 2011 ante la CSJ:
“No se ha realizado ninguna campaña de medición que abarque a la totalidad de
la cuenca y tampoco se ha planificado un sistema permanente de medición,
interpretación e información al respecto”.
En la mirada resignada de las personas con las que uno se
cruza mientras recorre Villa Inflamable, apostadas en las ventanas, sentadas en
la puerta de sus hogares o caminando por las calles de tierra, puede verse un
grito silencioso que Diego, postrado en su cama, convierte en palabras: “No
quiero que me regalen nada. Sólo pido que me dejen tener una vida digna. Que me
dejen probar. Intentar cumplir el sueño de mi hija de subirla a caballito”.
Nota publicada en la revista El Guardián.


