jueves, 26 de enero de 2012

Un barrio que está a punto de estallar

Villa Inflamable. A diez minutos del microcentro porteño, cerca del Polo Petroquímico de Avellaneda, unas 1.500 familias están hartas de ser rehenes de la contaminación. Miseria, promesas y enfermedades que podrían evitarse. 



Celina tiene cuatro años, está descalza y sólo viste una bombacha que alguna vez fue blanca y se le cae a cada rato porque tiene el elástico deshilachado. La niña –la menor de cuatro hermanos– corre de un lado a otro y no para de reír. Entra en la pieza y se para a un costado de la cama de su papá:

–Papito, ¿cuando te cures me vas a subir a caballito? –pregunta mientras acaricia el rostro de su padre.

–Sí, mi amor –responde Diego González, de 29 años. Acompaña sus palabras con un leve movimiento de la cabeza, la única parte de su cuerpo que aún le responde.

La pequeña sonríe, se agarra la bombacha y sale corriendo de la habitación en la que está postrado su padre desde 2008, luego de una discusión que le costó caro: le dispararon por la espalda. La bala le atravesó el cuello y dañó su médula ósea.

–¿Qué otra cosa le puedo decir? –reflexiona el joven. Una lágrima corre por su cara hasta perderse en la almohada.

–No siento odio ni bronca, sólo resignación.

La de Diego y Romina (32) es una de las más de 1.500 familias que viven en Villa Inflamable, un asentamiento ubicado en el Polo Petroquímico de Avellaneda. Es uno de los lugares más pobres e ignorados de la provincia de Buenos Aires. Desde hace más de medio siglo, sus 10 mil habitantes conviven a diario con la contaminación. Y eso a nadie parece importarle.

Ese no es el único problema con el que deben lidiar los habitantes del lugar.

Las ambulancias no entran en el barrio porque lo consideran “zona peligrosa”. Eso lo sufre Diego, quien podría recuperar el movimiento de más del 50 por ciento de su cuerpo con rehabilitación, pero para empezar a lograrlo necesita algo básico: que lo trasladen. Esta situación hace que, ante cualquier emergencia, Diego y los otros pobladores (entre niños, adultos y ancianos) que viven en Inflamable dependan de un vecino cordial. O de un milagro.

Inflamable y olvidada

Villa Inflamable está a sólo diez minutos de la Casa Rosada. Las discusiones por el traslado de las familias, entre los representantes del barrio y la Municipalidad de Avellaneda son tensas. Mientras tanto, sus habitantes luchan para que se les respeten sus derechos vulnerados.

–¡Sentí, sentí! –grita Gabriela (32), una de los responsables del comedor La Copa, donde desayunan a diario unos 70 chicos.

–Respirá profundo y vas que ver qué rico perfume –pide entre risas.

Al principio no se siente nada extraño. Pero luego de estar cuatro horas recorriendo el barrio, una extraña picazón invade las fosas nasales. Una sensación que permanecerá por algunos días. Un olor desagradable que se mete en las vías respiratorias.

–A la noche, cuando nadie controla, las llamas de las chimeneas del Ceamse son tan grandes que iluminan el barrio como si fuera de día. Y el olor es insoportable. Aunque cierres todo, se hace imposible dormir. Te descomponés –asegura Gabriela.

La villa pertenece a Dock Sud, uno de los barrios más humildes de Avellaneda. Antes era conocido como Villa Prost, pero su nombre cambió hace unos años con la llegada al lugar de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad, cuando la empresa comenzó a distribuir las boletas de luz con el nombre de Villa Inflamable (por la combustión de las fábricas a la que está expuesta), un barrio que creció notablemente en la década del noventa por la desocupación y las migraciones del interior del país y los países limítrofes.

Inflamable es uno de los puntos de solución más complejos del plan de saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo. Al ir a recorrer sus calles de tierra, alcanza con levantar la mirada para ver las columnas de humo que surgen de las chimeneas del Polo Petroquímico, un predio de 380 hectáreas que concentra 42 empresas, 25 de las cuales con consideradas de alto riesgo. Este conjunto de firmas produce el 5% del Producto Bruto Interno (PBI) de la provincia de Buenos Aires.

En 2003, un informe de la Defensoría del Pueblo de la Nación desató la discusión. Esta investigación determinó que “la mitad de los niños que habitan Villa Inflamable tiene plomo en sangre”. A este trabajo se le sumo otro realizado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA, por sus siglas en inglés) sobre 144 chicos del asentamiento. El informe reveló plomo en sangre en 57 casos y se detectaron 17 sustancias tóxicas de graves consecuencias para la salud.

Según el informe de JICA, el 50% de los niños de Villa Inflamable posee plomo en sangre, cuatro de cada diez tienen cromo, el 11% presenta benceno y casi en el 90% de los casos se detectó tolueno. El plomo en la sangre afecta directamente al sistema nervioso, produce abortos, convulsiones y disminuye el coeficiente intelectual; el cromo causa problemas renales, hepáticos y hasta cáncer; el benceno provoca tumores en el cerebro, en el estómago, en la piel, en los pulmones y en los distintos tipos de leucemia, entre otras afecciones; mientras que el tolueno puede ocasionar mutaciones en las células vivas y afectar el desarrollo de los embriones y los fetos.

Celina y sus hermanos son parte de esos niños cuyo futuro está en riesgo. La situación ambiental y la precariedad en la que viven colaboran para que cuando sean grandes se vean obligados a convivir con problemas crónicos de salud.

Diego pasa sus días postrado en una habitación donde la humedad es la única decoración que tienen las paredes, en una pieza sin ventanas y apenas iluminada por una lámpara de no más de 25 vatios. Dos camas, un televisor de 20 pulgadas y una estructura de madera, que hace las veces de ropero, es todo lo que tiene allí. En la otra parte de la casa sólo hay una heladera vieja, una cocina rota, dos mesitas chicas de camping y una cama cucheta. Por los agujeros de las chapas del techo se cuelan los rayos del sol y, cuando llueve, el agua.

–Me han hecho muchas promesas. Hasta me tuvieron un mes diciéndome que tal día me mudaba a una casa con asfalto y ahí podía pasar la ambulancia para llevarme a hacer la rehabilitación. El mismo día que tenía que mudarme, me llaman para decirme que había un error –relata con la voz entrecortada.

 –Mirame como estoy. No puedo ni siquiera acariciar a mis hijos –se quiebra.

A Diego, como al resto de los habitantes de Inflamable, no se le respeta el derecho a la salud. “Mi marido sufrió un infarto y casi se me muere. Gracias a un vecino que tiene auto pudimos llevarlo al hospital. Cuando llamé a la ambulancia para que viniera, me dijeron: ‘Lo lamentamos mucho, pero ahí no entramos’”, relata Judith (45).

Algunas de las calles fueron mejoradas por los propios vecinos, aunque circular por ellas se asemeja a realizar una aventura similar a la de los pilotos del Rally Dakar. El mejorado desaparece a medida que se ingresa en el barrio y es reemplazado por tierra. Las construcciones de material desaparecen y surgen las de cartón y madera. La red de luz es más que precaria. Gran parte de los postes de luz están sueltos o inclinados sobre las casas y se sostienen por los cables.

Como la villa se encuentra en terrenos ganados al río, las casas y calles están rodeadas por lo que alguna vez fueron espejos de agua del Riachuelo, en los que todos podían bañarse. Hoy el color cristalino pasó a ser un recuerdo. El agua estancada tiene un tono amarronado con vetas aceitosas, en las que se refleja el sol, y con elevados niveles de contaminación, causado por las empresas del Polo. En las orillas, pegadas a las casas, se acumulan toneladas de basura de todo tipo.

Una pata con sus patitos nada en una especie de lagunita y se pierde en uno de los canales que corren entre los pastizales. “Cuando el agua está baja, los chicos se meten para agarrar a los patos”, cuenta Gastón, un adolescente de 15 años que vive con su familia en el corazón de Inflamable. “Uno les explica que esa agua está podrida, pero no tienen conciencia de eso. No hacen caso”, reflexiona.

Resignados

Las promesas de traslado no son nuevas. Los vecinos buscan una solución al problema, porque nadie elige vivir en condiciones precarias y mucho menos exponiendo la vida de sus hijos. Pero esos mismos vecinos no creen en las autoridades porque consideran que lo único que les importa es el beneficio de las empresas del Polo Petroquímico por encima de la gente. ¿Qué pasa cuando las empresas son consideradas más importantes que los habitantes?

En 2006, comenzaron los trabajos en conjunto entre la Secretaría de Ambiente de la Nación y el municipio. “Durante mi gestión logramos coordinar con el entonces intendente de Avellaneda, Cacho Álvarez, para comenzar a trasladar a los habitantes de los asentamientos cercanos al Polo. También lanzamos un trabajo de reparto de bidones de agua, kits de limpieza para las casas y cursos de saneamiento del hogar, junto a las ONG que trabajan en el lugar”, dijo a EG la ex secretaria de Ambiente de la Nación, Romina Picolotti, quien enfrenta una causa por supuesta malversación de fondos del Estado. 

Los vecinos están cansados de que les prometan y no cumplan. “En 2008 entregaron un par de casitas y nada más. Hoy estamos peor que en 2006”, explica el dirigente barrial Ramón Apaza, responsable de La Copa y Paraíso, dos de los tantos comedores del barrio. Ramón y sus compañeros del comedor denuncian que “los bidones quedan al sol y el agua se pudre, de las canillas comunitarias nunca sale agua y los supuestos kits de limpieza desaparecieron”.

En la villa, el único registro que hay de aquel plan de ayuda son las pilas de bidones de agua amontonados en las casas o flotando en los asentamientos de líquido contaminado. Pegado a un espejo de agua vive Carlos Espínola, un maestro formoseño de 45 años. Él y su esposa son cartoneros y se instalaron allí hace cuatro años, junto a sus tres hijos.

–¿No tiene miedo por la salud de sus hijos debido a los altos niveles de contaminación?

–A veces uno no tiene la posibilidad de elegir. Las circunstancias de la vida nos trajeron acá. A nadie le gusta vivir en esta situación –asegura el hombre, sentado a un costado de su casita de cartón, mientras abraza a su hija Lourdes, de cinco años.

La grave situación llevó a la Autoridad de la Cuenca Matanza-Riachuelo (Acumar), responsable del saneamiento de la cuenca, a presentar un amparo judicial por el cual “se prohíbe ingresar materiales de construcción en el barrio”, pedido que avaló con su fallo el juez federal de Quilmes, Luis Armella. “Por el fallo del juez, a los que tienen casitas de material se les están cayendo los techos en la cabeza”. Varios vecinos, que pidieron reserva de identidad por miedo a represalias, aseguraron que “los punteros del intendente Jorge Ferrarese entran materiales con las camionetas del municipio y nadie les dice nada”.

El artículo 41 de la Constitución Nacional brega por que todos los habitantes gocen del derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano y asegura que “las autoridades proveerán a la protección de este derecho”. Algo que en Villa Inflamable no se cumple.

Para los vecinos, las declaraciones del secretario de Política Ambiental y Empleo de Avellaneda, Humberto Borsani, demuestran que en vez de cuidar sus derechos, buscan cuidar los de las empresas. En declaraciones al diario La Ciudad de Avellaneda, el funcionario ligó el crecimiento local al de las empresas del Polo. “El desarrollo futuro de Avellaneda estará en los parques industriales de Villa Luján y Villa Inflamable”, afirma.

Hoy, los vecinos se encuentran enfrentados con el municipio porque aseguran que quedarse en el lugar significa morir lentamente. En respuesta, Borsani le aseguró a Miradas al Sur que “las empresas del Polo no contaminan”, y que “el aire está medido por monitoreo constante”. Los mismos monitoreos que el adjunto primero a cargo del defensor del Pueblo de la Nación, Anselmo Sella, cuestionó en un informe expuesto en marzo de 2011 ante la CSJ: “No se ha realizado ninguna campaña de medición que abarque a la totalidad de la cuenca y tampoco se ha planificado un sistema permanente de medición, interpretación e información al respecto”.

En la mirada resignada de las personas con las que uno se cruza mientras recorre Villa Inflamable, apostadas en las ventanas, sentadas en la puerta de sus hogares o caminando por las calles de tierra, puede verse un grito silencioso que Diego, postrado en su cama, convierte en palabras: “No quiero que me regalen nada. Sólo pido que me dejen tener una vida digna. Que me dejen probar. Intentar cumplir el sueño de mi hija de subirla a caballito”.


Nota publicada en la revista El Guardián.


Yo fui... kayakista

Recorrer las aguas turbias del río Sarmiento en kayak es una experiencia ideal para combatir el maldito sedentarismo. Brazos firmes, mirada al frente y concentración  son las claves para salir airoso de un paseo cerca de la naturaleza y del silencio.



Para un periodista sedentario cuyo único deporte es ejercitar la musculatura de sus dedos, los deportes extremos son más que un desafío. Por eso, cuando surgió esta sección, lo primero que me propuse fue intentar todo aquello que siempre me llamó la atención.

En mi memoria, y en mi cuerpo, aún quedan las marcas de cuando intenté surfear en Mar del Plata (“Yo fui surfer”): algunos cortes, dolor muscular, varios litros de agua salada tragados y los garrotazos que se encargó de darme el mar, lanzándome una y otra vez por el aire. O cuando mis testículos se vieron obligados a pasar varios días en hielo, luego de correr una carrera de caballos en el hipódromo de Santa Fe, en “Yo fui jockey”.

En el momento en que se propuso la idea de ser kayakista, ¿a quién apuntaron todas las miradas? Sí, a mí. “El Toto (yo) es la persona ideal, se anima a todo”, alentó un compañero. “Te organizo todo en cinco minutos”, aseguró mi compañera Laura Eiranova. “Te vas a divertir”, dijo entre risas.

Cuando estaba todo listo, vino a mi memoria la única vez que intenté subir a un kayak que había comprado mi primo. Esa cápsula de fibra de vidrio que me tuvo varios segundos con la cabeza bajo el agua y de la que si no hubiera escapado a nado, se habría convertido en ataúd. En ese momento, las patitas me empezaron a temblar.

Dura espera 

Son las 12.30 y cuando miro el cielo me pregunto, ¿dónde estará la maldita tormenta anunciada por el Servicio Meteorológico Nacional? Esa tormenta que en las últimas 12 horas se había convertido en mi única salvación, ya que si llueve se suspende el paseo. Pero sobre mi cabeza se extiende un cielo completamente celeste. El sol está a pleno, no corre la más mínima brisa y los 30 grados de sensación térmica se hacen sentir a orillas del río Sarmiento, en pleno corazón de Tigre, ahí en el Delta.

El recuerdo de la vuelta de campana de un kayak no me abandona. Para peor, el amplio canal está más transitado que la Avenida 9 Julio a las cinco de la tarde. Lanchas colectivo, particulares, enormes catamaranes, yates, jet ski, motos de agua y todo tipo de transporte flotante parecen haberse puesto de acuerdo para circular por el mismo lugar en el que se encuentra la base de la escuela de canotaje Delta en Kayak (www.deltaenkayak.com.ar). El fluido tránsito conforma un importante oleaje que me veré obligado a cruzar en un pequeño cubículo de fibra de vidrio. Debo confesar. Estoy cagado en las patas.

Desde la bajada pública de botes del Tigre, ubicada a metros de la avenida Victoria y la calle Colón, veo acercarse al contingente de kayakistas. A la cabeza viene Patricio “Pato” Redman y su sobrino Guille. Detrás, todo el grupo que se lanzó a la travesía por la mañana. Pato y su hermano Fabián –dos remeros con 30 años de experiencia– son los dueños de la empresa que organiza dos paseos por día, los sábados y los domingos, desde hace 12 años: uno a las 9 de la mañana y el otro a las 14.

No logro comprender los gritos de emoción de los remeros mientras saltan y chocan contra las olas que generan las lanchas al pasar. Me pregunto si están locos, enfermos o son suicidas. Mientras ellos parecieran divertirse, mi estómago está más revolucionado que el río. En cualquier momento hace erupción y pobre del que esté cerca de mí.

A ponerse el kayak

Una vez que desembarcó el primer contingente comienzan las indicaciones técnicas. Pato asegura que “cualquiera puede ser kayakista”. Las veinte personas con las que saldré en la travesía sonríen y asienten con la cabeza.  Por el momento, a mí no me convence. El instructor pide que le prestemos atención.

–Esto es fácil. Tienen que coordinar movimiento. Si lo hacen suave y con técnica, no necesitarán matarse remando –afirma.

Claro, él hace 30 años que rema.

–La pala (el remo) debe tomarse con los brazos bien abiertos. Van a notar que las palas no están en la misma posición. Por ello, se acomoda para introducirla con la mano derecha y es esa muñeca la que va a girar levemente cuando vayamos a remar con la pala izquierda –indica.

Al principio me parece algo no tan sencillo. Pero con maña y ganas en cuestión de minutos descubriré que se puede remar suave y muy fluido.

–Lo último que tienen que saber es que el que va atrás es el timonel. Para doblar, el timonel clava la pala con fuerza del lado al que se dobla, y el resto rema del lado contrario –explica–. La mayoría de los kayaks que se usan para el paseo son de dos y tres plazas.

 –Ahora sí, al agua.

–¿Esa es toda la explicación? –pregunto sin ocultar el temor.

–¿Y la técnica para enderezarnos si nos damos vuelta?

–No pasa nada, es demasiado compleja y necesitás bastante práctica para hacerla bien. Si se dan vuelta, salís del kayak y listo –afirma entre risas. Como si fuera fácil.

La respuesta no me ayuda en absoluto a superar el miedo. Pero no tengo opciones, si no lo hago, no hay “Yo fui” y seré el responsable de dejar cinco páginas en blanco en esta edición de El Guardián. Así que por menos convencido que esté, debo subir sí o sí. No hay vuelta atrás.

Mi lugar, la proa de un kayak para tres personas. Mis compañeros fueron dos estudiantes de diseño industrial: Mariano (26 años) y Guillermo (25). El primero, un joven flaco y con rastas, será el encargado de timonear la barca. Guille y yo seremos los remeros principales. Hace tres semanas consecutivas que van a hacer el paseo y Mariano tiene la experiencia de haber hecho remo, aunque se inclinó hacia el kayak porque “es más de aventura y su tamaño permite navegar en cualquier lado”.

Una vez en el agua, emprendimos la parte más divertida de la travesía: cruzar el amplio brazo del río Luján, atravesando el constante oleaje que forma el tránsito. Nos sacudimos una y otra vez con cada onda. Por momentos, la punta del kayak queda en el aire y luego se clava en el agua. Me siento George Clooney en La tormenta perfecta. Salvando las distancias, obviamente. Comienzo a darme cuenta de que la emoción de estar luchando contra las olas, palada a palada, comienza a desvanecer el miedo que tenía minutos antes.

Mientras remo, pienso en los orígenes de estas embarcaciones y no logro comprender cómo hacían los esquimales para lanzarse a la pesca en los mares helados. Si bien se desconoce cuándo nació el kayak, se calcula que tiene más de tres mil años. No bien nació, se convirtió en la embarcación preferida de muchas tribus, ya que para hacer una sólo era necesario el tronco de un árbol. Según algunos historiadores, la palabra “kayak” significa “pedazo de madera flotante”; otros indican que significa “hombre-barca”, ya que era construido con las medidas exactas del remero. De ahí es que los kayakistas no se suben al kayak, sino que se lo ponen.

Cuando tomamos el canal Fulminante, la travesía pasa de la excitación a la paz absoluta. “¿Todo bien?, ¿todo bien?”, pregunta Pato. La respuesta unísona es que sí. La misma pregunta la repetirá unas cuatrocientas veces más durante las próximas cuatro horas de paseo. De ahí en adelante nos adentraremos en los canales del Delta.

Avanzo lento sobre el agua. El sonido de los pájaros y de los juncos meciéndose acompaña mi recorrido. Las copas de los árboles, por momentos, quitan el cielo de mi vista. El suave movimiento del agua, casi imperceptible, mece los juncos. Acá no hay ruidos de motores ni de multitud. Todo es silencio, paz y naturaleza. Nadie habla para no romper ese momento mágico que Delta en Kayak nos está brindando. Hasta que una voz retumba en el silencio. “¿Todo bien?, ¿todo bien?”, pregunta Pato desde su kayak.

Al tomar el arroyo Gambado un enorme cartel nos avisa que cruzamos por la casa, hoy convertida en museo, del recordado escritor argentino que fuera secuestrado en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy permanece en la lista de desaparecidos: Haroldo Conti. Por delante, nos espera una hora y media de remo lento entre arroyos y canales hasta hacer la parada en una base instalada en una isla.

Descanso y retorno

Los integrantes de los 12 kayaks desembarcamos en el parador de la isla propiedad de Patricio. Para no perder la costumbre, el instructor pregunta a los remeros: “¿Todo bien?, ¿todo bien?”.

Allí, descansamos, compartimos mates y gaseosas mientras algunos aprovechan para darse un chapuzón en el río Sarmiento. Aunque, al bajar de la embarcación, nadie está seco.

No hay edad para participar de estos paseos, sólo hay que tener los 75 pesos y muchas ganas de pasar un rato de diversión y en contacto con la maravillosa paz que brinda la naturaleza del Delta.

Mis compañeros, Mariano y Guillermo, se confiesan.

–Nosotros tomamos clases por YouTube –cuenta Mariano.

–¿Cómo clases por YouTube?

–Claro, miramos los videos y acá venimos a practicar.

La modernidad adaptada a una embarcación de antaño.

Media hora después volvimos. El retorno fue mucho más corto y relajado, salvo para Marisa y Silvia, que se empaparon cuando su kayak se dio vuelta. “No es grave. Hacer un roll (enderezar la embarcación sin salir de ella) es complicado y para lugares complejos. Acá es bajo y no pasa nada”, explicó el guía. Luego de cuatro horas y 11 kilómetros de recorrido, siento que debo remar más seguido. Espero hacerlo algún día y que no sea otra promesa incumplida.


Nota publicada en la revista El Guardián.

jueves, 12 de enero de 2012

Esa eterna obsesión

Grandes, chicas, medianas, con forma de pera o manzana, las colas criollas causan furor en la costa. Concursos hot en Mar del Plata y Punta, vedettes que buscan curvas perfectas y hombres que le rinden tributo. La guerra mediática de todos los veranos: glúteos operados versus glúteos naturales. Y cómo detectar nalgas artificiales.



Las modas cambian y las colas también. Lo mismos motivos por los que hace una década las chicas corrían al cirujano plástico para agrandar o levantar sus bustos, hoy las llevan en busca de una cola más marcada, levantada y, en algunos casos, acolchonada. Algunas por trabajo y otras por placer, buscan la perfección que imponen los medios de comunicación, sobre todo porque es mucho más fácil operarse que encerrarse horas en un gimnasio. Mientras tanto, los hombres pierden los ojos por culpa de los adelantos de la medicina estética.

En la memoria de los de más de 50 quedó la figura de las mujeres que solían deleitarlos en los 80. Chicas voluptuosas y con colas en forma de pera, como eran las de Moria Casán, Susana Giménez, Graciela Alfano o Silvia Peyrou, entre otras tantas vedettes por las que los hombres llenaban las plateas de los teatros de revista. Hoy la fruta mutó. Las colas dejaron la forma de pera para convertirse en manzanas duras, redondas y pronunciadas. ¿Pero por qué eligen operarse antes de hacer ejercicio y cuidarse en las comidas? La respuesta es sencilla: practicidad y cero esfuerzo.

“Este tipo de operaciones se ha visto incrementado por la importancia que dan los medios a esta región anatómica (la cola)”, aseguró a EG el titular de la Sociedad Argentina de la Cirugía Plástica, el cirujano Francisco Famá. Desde siempre, los medios fueron los principales mentores de la “perfecta belleza femenina”, una belleza que generalmente no suele compararse con la realidad. Pero es la que las chicas desean alcanzar a toda costa.

En Estados Unidos, los cirujanos comenzaron a notar que se daba un fenómeno que los sorprendió. Las chicas se acercaban a consultarlos porque deseaban tener la cola igual a la de la hermana de la princesa Kate (ver recuadro). En la Argentina pasa algo similar. Según los profesionales consultados por EG, la modelo Jesica Cirio se convirtió en la dueña de los glúteos más pedidos por las mujeres que se acercan a operarse, aunque los de ella también sea operados.

Las vedettes que no tienen los glúteos operados sostienen que es muy fácil darse cuenta cuando una chica tiene la cola hecha, aunque las que pasaron por el quirófano aseguran que no se nota. Cada cual defiende su cola. Como es lógico, los cirujanos están más cerca del pensamiento de las operadas. “No siempre es posible establecer con la simple observación si una cola está operada o no. Esto es más fácil cuando la operación no fue totalmente exitosa”, explicó Famá. Cola operada o natural, cada una de las opciones tiene sus beneficios y sus contras.

Hay tres tipos de intervenciones para mejorar los glúteos: los hilos tensores, el injerto graso y el implante de siliconas. El costo va de menor a mayor en estas intervenciones y depende del profesional y del centro asistencial. De esta manera, una mujer puede tener una cola perfecta sin necesidad de ir a un gimnasio ni de cuidarse en las comidas. Los implantes, en teoría, no tienen una vida útil determinada y no requieren ser remplazados, salvo rotura o deformidad. Las contras son que se trata de una intervención, con los riesgos que implica, y que la operación cuesta entre 5 y 15 mil pesos.

La vedette Cecilia Oviedo, dueña de una cola envidiada por muchas mujeres, dijo que su secreto es cuidarse en las comidas y hacer gimnasia. “Hago lo mismo que hacían las modelos hace unos 10 años. Aunque reconozco que no todas tenemos la misma genética”, aseguró Oviedo. Los cirujanos recomiendan a las mujeres que temen al bisturí seguir los pasos de la vedette, ya que consideran que es posible la modelación mediante ejercicios.

Para aquellas mujeres que nunca terminan de estar contentas con su cuerpo, se han inventado desde cremas hasta ropa milagrosa, pero lo más recomendable son los ejercicios localizados, a los que la mayoría escapa. Según un estudio realizado por la empresa de ropa deportiva Reebok entre 15 mil mujeres de 25 países, sólo el 25% de ellas realiza actividad física de manera regular. Por ello crearon las zapatillas Easytone que, según su fabricante, proporcionan un 28% más de fortaleza y tonificación en los glúteos.

Las chicas recurren a cualquier método para tener la cola más llamativa del verano, que con un poco de suerte las lleve al Bailando o a algún teatro de revista. Las vedettes se sacan chispas criticándose. Las que tienen la cola operada hablan mal de las que no y viceversa. En el medio, los hombres se despegan de toda preocupación y, escondiéndose detrás de las gafas oscuras, fijan la mirada en todo glúteo que pasa cerca de él. Y el mejor ejemplo de ello lo dan los concursos de verano, que según el doctor Famá son otro de los motivos que impulsan a las chicas al quirófano.

Cada año, las playas de Punta del Este y de Mar del Plata congregan a miles de hombres excitados que gritan desaforadamente mientras desfilan las colas más bellas. Es increíble ver a hombres solteros y casados gritar eufóricamente con el paso de jóvenes mujeres sonrientes en diminutas bikinis –tan chiquitita que más de uno se pregunta si la tiene puesta o no–, mostrando sus virtudes traseras.

Este año, a la ya clásica elección de la Cola Reef, que será el 21 de enero en Mar del Plata, se le sumará el primer campeonato de remeras mojadas del verano: Pronto Wet. Este nuevo evento se realizará el 28 de enero en La Feliz, contará con la presencia de varias famosas y será conducido por Silvina Luna y Osvaldo Príncipi.

A los concursos, los programas de tevé, la estética, la perfección y a la seducción se les atribuye la causa del notable incremento de las operaciones de colas. Y mientras las chicas se pelean y hacen cualquier cosa por perfeccionar sus glúteos, los hombres siguen siendo los más beneficiados en esta disputa, aunque tengan que escapar de sus esposas para tener la posibilidad de ver y soñar con esa cola perfecta e inalcanzable.


Cirugías a la carta

La elogiada hermana de la princesa Kate de Inglaterra, Pippa Middleton, y la actriz y modelo Kim Kardashian son las preferidas de las mujeres estadounidenses a la hora de elegir la mejor cola. Es más, las que deciden operarse piden a los cirujanos tener las colas de esas dos famosas. Hasta se sospecha que hay cirujanos que crearon las prótesis “Pippa” y “Kim”.

Esta tendencia de nombrar famosas en los quirófanos no es nueva. Los cirujanos de Beverly Hills Richard Fleming y Toby Maye revelaron que “casi todas” las pacientes hacen referencia a una famosa cuando los consultan. Por eso entrevistaron a más de 1.200 mujeres para saber qué partes de los cuerpos de las celebridades quisieran tener. La mujer perfecta se compondría, según los resultados, de los ojos de Anne Hathaway, las mejillas de January Jones, la mandíbula de Halle Berry, la nariz de Natalie Portman y los labios de Scarlett Johansson.


Nota publicada en la revista El Guardián.