Para un periodista sedentario cuyo único deporte es
ejercitar la musculatura de sus dedos, los deportes extremos son más que un
desafío. Por eso, cuando surgió esta sección, lo primero que me propuse fue
intentar todo aquello que siempre me llamó la atención.
En mi memoria, y en mi cuerpo, aún quedan las marcas de
cuando intenté surfear en Mar del Plata (“Yo fui surfer”): algunos cortes,
dolor muscular, varios litros de agua salada tragados y los garrotazos que se
encargó de darme el mar, lanzándome una y otra vez por el aire. O cuando mis
testículos se vieron obligados a pasar varios días en hielo, luego de correr
una carrera de caballos en el hipódromo de Santa Fe, en “Yo fui jockey”.
En el momento en que se propuso la idea de ser kayakista, ¿a
quién apuntaron todas las miradas? Sí, a mí. “El Toto (yo) es la persona ideal,
se anima a todo”, alentó un compañero. “Te organizo todo en cinco minutos”,
aseguró mi compañera Laura Eiranova. “Te vas a divertir”, dijo entre risas.
Cuando estaba todo listo, vino a mi memoria la única vez que
intenté subir a un kayak que había comprado mi primo. Esa cápsula de fibra de
vidrio que me tuvo varios segundos con la cabeza bajo el agua y de la que si no
hubiera escapado a nado, se habría convertido en ataúd. En ese momento, las
patitas me empezaron a temblar.
Dura espera
Son las 12.30 y cuando miro el cielo me pregunto, ¿dónde
estará la maldita tormenta anunciada por el Servicio Meteorológico Nacional?
Esa tormenta que en las últimas 12 horas se había convertido en mi única
salvación, ya que si llueve se suspende el paseo. Pero sobre mi cabeza se
extiende un cielo completamente celeste. El sol está a pleno, no corre la más
mínima brisa y los 30 grados de sensación térmica se hacen sentir a orillas del
río Sarmiento, en pleno corazón de Tigre, ahí en el Delta.
El recuerdo de la vuelta de campana de un kayak no me
abandona. Para peor, el amplio canal está más transitado que la Avenida 9 Julio
a las cinco de la tarde. Lanchas colectivo, particulares, enormes catamaranes,
yates, jet ski, motos de agua y todo tipo de transporte flotante parecen
haberse puesto de acuerdo para circular por el mismo lugar en el que se
encuentra la base de la escuela de canotaje Delta en Kayak
(www.deltaenkayak.com.ar). El fluido tránsito conforma un importante oleaje que
me veré obligado a cruzar en un pequeño cubículo de fibra de vidrio. Debo
confesar. Estoy cagado en las patas.
Desde la bajada pública de botes del Tigre, ubicada a metros
de la avenida Victoria y la calle Colón, veo acercarse al contingente de
kayakistas. A la cabeza viene Patricio “Pato” Redman y su sobrino Guille.
Detrás, todo el grupo que se lanzó a la travesía por la mañana. Pato y su hermano
Fabián –dos remeros con 30 años de experiencia– son los dueños de la empresa
que organiza dos paseos por día, los sábados y los domingos, desde hace 12
años: uno a las 9 de la mañana y el otro a las 14.
No logro comprender los gritos de emoción de los remeros
mientras saltan y chocan contra las olas que generan las lanchas al pasar. Me
pregunto si están locos, enfermos o son suicidas. Mientras ellos parecieran
divertirse, mi estómago está más revolucionado que el río. En cualquier momento
hace erupción y pobre del que esté cerca de mí.
A ponerse el kayak
Una vez que desembarcó el primer contingente comienzan las
indicaciones técnicas. Pato asegura que “cualquiera puede ser kayakista”. Las
veinte personas con las que saldré en la travesía sonríen y asienten con la
cabeza. Por el momento, a mí no me
convence. El instructor pide que le prestemos atención.
–Esto es fácil. Tienen que coordinar movimiento. Si lo hacen
suave y con técnica, no necesitarán matarse remando –afirma.
Claro, él hace 30 años que rema.
–La pala (el remo) debe tomarse con los brazos bien
abiertos. Van a notar que las palas no están en la misma posición. Por ello, se
acomoda para introducirla con la mano derecha y es esa muñeca la que va a girar
levemente cuando vayamos a remar con la pala izquierda –indica.
Al principio me parece algo no tan sencillo. Pero con maña y
ganas en cuestión de minutos descubriré que se puede remar suave y muy fluido.
–Lo último que tienen que saber es que el que va atrás es el
timonel. Para doblar, el timonel clava la pala con fuerza del lado al que se
dobla, y el resto rema del lado contrario –explica–. La mayoría de los kayaks
que se usan para el paseo son de dos y tres plazas.
–Ahora sí, al agua.
–¿Esa es toda la explicación? –pregunto sin ocultar el
temor.
–¿Y la técnica para enderezarnos si nos damos vuelta?
–No pasa nada, es demasiado compleja y necesitás bastante
práctica para hacerla bien. Si se dan vuelta, salís del kayak y listo –afirma
entre risas. Como si fuera fácil.
La respuesta no me ayuda en absoluto a superar el miedo.
Pero no tengo opciones, si no lo hago, no hay “Yo fui” y seré el responsable de
dejar cinco páginas en blanco en esta edición de El Guardián. Así que por menos
convencido que esté, debo subir sí o sí. No hay vuelta atrás.
Mi lugar, la proa de un kayak para tres personas. Mis
compañeros fueron dos estudiantes de diseño industrial: Mariano (26 años) y
Guillermo (25). El primero, un joven flaco y con rastas, será el encargado de
timonear la barca. Guille y yo seremos los remeros principales. Hace tres
semanas consecutivas que van a hacer el paseo y Mariano tiene la experiencia de
haber hecho remo, aunque se inclinó hacia el kayak porque “es más de aventura y
su tamaño permite navegar en cualquier lado”.
Una vez en el agua, emprendimos la parte más divertida de la
travesía: cruzar el amplio brazo del río Luján, atravesando el constante oleaje
que forma el tránsito. Nos sacudimos una y otra vez con cada onda. Por
momentos, la punta del kayak queda en el aire y luego se clava en el agua. Me
siento George Clooney en La tormenta perfecta. Salvando las distancias,
obviamente. Comienzo a darme cuenta de que la emoción de estar luchando contra
las olas, palada a palada, comienza a desvanecer el miedo que tenía minutos
antes.
Mientras remo, pienso en los orígenes de estas embarcaciones
y no logro comprender cómo hacían los esquimales para lanzarse a la pesca en
los mares helados. Si bien se desconoce cuándo nació el kayak, se calcula que
tiene más de tres mil años. No bien nació, se convirtió en la embarcación
preferida de muchas tribus, ya que para hacer una sólo era necesario el tronco
de un árbol. Según algunos historiadores, la palabra “kayak” significa “pedazo
de madera flotante”; otros indican que significa “hombre-barca”, ya que era
construido con las medidas exactas del remero. De ahí es que los kayakistas no
se suben al kayak, sino que se lo ponen.
Cuando tomamos el canal Fulminante, la travesía pasa de la
excitación a la paz absoluta. “¿Todo bien?, ¿todo bien?”, pregunta Pato. La
respuesta unísona es que sí. La misma pregunta la repetirá unas cuatrocientas
veces más durante las próximas cuatro horas de paseo. De ahí en adelante nos
adentraremos en los canales del Delta.
Avanzo lento sobre el agua. El sonido de los pájaros y de
los juncos meciéndose acompaña mi recorrido. Las copas de los árboles, por
momentos, quitan el cielo de mi vista. El suave movimiento del agua, casi
imperceptible, mece los juncos. Acá no hay ruidos de motores ni de multitud.
Todo es silencio, paz y naturaleza. Nadie habla para no romper ese momento
mágico que Delta en Kayak nos está brindando. Hasta que una voz retumba en el
silencio. “¿Todo bien?, ¿todo bien?”, pregunta Pato desde su kayak.
Al tomar el arroyo Gambado un enorme cartel nos avisa que
cruzamos por la casa, hoy convertida en museo, del recordado escritor argentino
que fuera secuestrado en 1976 por la dictadura militar y hasta el día de hoy
permanece en la lista de desaparecidos: Haroldo Conti. Por delante, nos espera
una hora y media de remo lento entre arroyos y canales hasta hacer la parada en
una base instalada en una isla.
Descanso y retorno
Los integrantes de los 12 kayaks desembarcamos en el parador
de la isla propiedad de Patricio. Para no perder la costumbre, el instructor
pregunta a los remeros: “¿Todo bien?, ¿todo bien?”.
Allí, descansamos, compartimos mates y gaseosas mientras
algunos aprovechan para darse un chapuzón en el río Sarmiento. Aunque, al bajar
de la embarcación, nadie está seco.
No hay edad para participar de estos paseos, sólo hay que
tener los 75 pesos y muchas ganas de pasar un rato de diversión y en contacto
con la maravillosa paz que brinda la naturaleza del Delta.
Mis compañeros, Mariano y Guillermo, se confiesan.
–Nosotros tomamos clases por YouTube –cuenta Mariano.
–¿Cómo clases por YouTube?
–Claro, miramos los videos y acá venimos a practicar.
La modernidad adaptada a una embarcación de antaño.
Media hora después volvimos. El retorno fue mucho más corto
y relajado, salvo para Marisa y Silvia, que se empaparon cuando su kayak se dio
vuelta. “No es grave. Hacer un roll (enderezar la embarcación sin salir de
ella) es complicado y para lugares complejos. Acá es bajo y no pasa nada”,
explicó el guía. Luego de cuatro horas y 11 kilómetros de recorrido, siento que
debo remar más seguido. Espero hacerlo algún día y que no sea otra promesa
incumplida.
Nota publicada en la revista El Guardián.

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