jueves, 26 de enero de 2012

Un barrio que está a punto de estallar

Villa Inflamable. A diez minutos del microcentro porteño, cerca del Polo Petroquímico de Avellaneda, unas 1.500 familias están hartas de ser rehenes de la contaminación. Miseria, promesas y enfermedades que podrían evitarse. 



Celina tiene cuatro años, está descalza y sólo viste una bombacha que alguna vez fue blanca y se le cae a cada rato porque tiene el elástico deshilachado. La niña –la menor de cuatro hermanos– corre de un lado a otro y no para de reír. Entra en la pieza y se para a un costado de la cama de su papá:

–Papito, ¿cuando te cures me vas a subir a caballito? –pregunta mientras acaricia el rostro de su padre.

–Sí, mi amor –responde Diego González, de 29 años. Acompaña sus palabras con un leve movimiento de la cabeza, la única parte de su cuerpo que aún le responde.

La pequeña sonríe, se agarra la bombacha y sale corriendo de la habitación en la que está postrado su padre desde 2008, luego de una discusión que le costó caro: le dispararon por la espalda. La bala le atravesó el cuello y dañó su médula ósea.

–¿Qué otra cosa le puedo decir? –reflexiona el joven. Una lágrima corre por su cara hasta perderse en la almohada.

–No siento odio ni bronca, sólo resignación.

La de Diego y Romina (32) es una de las más de 1.500 familias que viven en Villa Inflamable, un asentamiento ubicado en el Polo Petroquímico de Avellaneda. Es uno de los lugares más pobres e ignorados de la provincia de Buenos Aires. Desde hace más de medio siglo, sus 10 mil habitantes conviven a diario con la contaminación. Y eso a nadie parece importarle.

Ese no es el único problema con el que deben lidiar los habitantes del lugar.

Las ambulancias no entran en el barrio porque lo consideran “zona peligrosa”. Eso lo sufre Diego, quien podría recuperar el movimiento de más del 50 por ciento de su cuerpo con rehabilitación, pero para empezar a lograrlo necesita algo básico: que lo trasladen. Esta situación hace que, ante cualquier emergencia, Diego y los otros pobladores (entre niños, adultos y ancianos) que viven en Inflamable dependan de un vecino cordial. O de un milagro.

Inflamable y olvidada

Villa Inflamable está a sólo diez minutos de la Casa Rosada. Las discusiones por el traslado de las familias, entre los representantes del barrio y la Municipalidad de Avellaneda son tensas. Mientras tanto, sus habitantes luchan para que se les respeten sus derechos vulnerados.

–¡Sentí, sentí! –grita Gabriela (32), una de los responsables del comedor La Copa, donde desayunan a diario unos 70 chicos.

–Respirá profundo y vas que ver qué rico perfume –pide entre risas.

Al principio no se siente nada extraño. Pero luego de estar cuatro horas recorriendo el barrio, una extraña picazón invade las fosas nasales. Una sensación que permanecerá por algunos días. Un olor desagradable que se mete en las vías respiratorias.

–A la noche, cuando nadie controla, las llamas de las chimeneas del Ceamse son tan grandes que iluminan el barrio como si fuera de día. Y el olor es insoportable. Aunque cierres todo, se hace imposible dormir. Te descomponés –asegura Gabriela.

La villa pertenece a Dock Sud, uno de los barrios más humildes de Avellaneda. Antes era conocido como Villa Prost, pero su nombre cambió hace unos años con la llegada al lugar de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad, cuando la empresa comenzó a distribuir las boletas de luz con el nombre de Villa Inflamable (por la combustión de las fábricas a la que está expuesta), un barrio que creció notablemente en la década del noventa por la desocupación y las migraciones del interior del país y los países limítrofes.

Inflamable es uno de los puntos de solución más complejos del plan de saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo. Al ir a recorrer sus calles de tierra, alcanza con levantar la mirada para ver las columnas de humo que surgen de las chimeneas del Polo Petroquímico, un predio de 380 hectáreas que concentra 42 empresas, 25 de las cuales con consideradas de alto riesgo. Este conjunto de firmas produce el 5% del Producto Bruto Interno (PBI) de la provincia de Buenos Aires.

En 2003, un informe de la Defensoría del Pueblo de la Nación desató la discusión. Esta investigación determinó que “la mitad de los niños que habitan Villa Inflamable tiene plomo en sangre”. A este trabajo se le sumo otro realizado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA, por sus siglas en inglés) sobre 144 chicos del asentamiento. El informe reveló plomo en sangre en 57 casos y se detectaron 17 sustancias tóxicas de graves consecuencias para la salud.

Según el informe de JICA, el 50% de los niños de Villa Inflamable posee plomo en sangre, cuatro de cada diez tienen cromo, el 11% presenta benceno y casi en el 90% de los casos se detectó tolueno. El plomo en la sangre afecta directamente al sistema nervioso, produce abortos, convulsiones y disminuye el coeficiente intelectual; el cromo causa problemas renales, hepáticos y hasta cáncer; el benceno provoca tumores en el cerebro, en el estómago, en la piel, en los pulmones y en los distintos tipos de leucemia, entre otras afecciones; mientras que el tolueno puede ocasionar mutaciones en las células vivas y afectar el desarrollo de los embriones y los fetos.

Celina y sus hermanos son parte de esos niños cuyo futuro está en riesgo. La situación ambiental y la precariedad en la que viven colaboran para que cuando sean grandes se vean obligados a convivir con problemas crónicos de salud.

Diego pasa sus días postrado en una habitación donde la humedad es la única decoración que tienen las paredes, en una pieza sin ventanas y apenas iluminada por una lámpara de no más de 25 vatios. Dos camas, un televisor de 20 pulgadas y una estructura de madera, que hace las veces de ropero, es todo lo que tiene allí. En la otra parte de la casa sólo hay una heladera vieja, una cocina rota, dos mesitas chicas de camping y una cama cucheta. Por los agujeros de las chapas del techo se cuelan los rayos del sol y, cuando llueve, el agua.

–Me han hecho muchas promesas. Hasta me tuvieron un mes diciéndome que tal día me mudaba a una casa con asfalto y ahí podía pasar la ambulancia para llevarme a hacer la rehabilitación. El mismo día que tenía que mudarme, me llaman para decirme que había un error –relata con la voz entrecortada.

 –Mirame como estoy. No puedo ni siquiera acariciar a mis hijos –se quiebra.

A Diego, como al resto de los habitantes de Inflamable, no se le respeta el derecho a la salud. “Mi marido sufrió un infarto y casi se me muere. Gracias a un vecino que tiene auto pudimos llevarlo al hospital. Cuando llamé a la ambulancia para que viniera, me dijeron: ‘Lo lamentamos mucho, pero ahí no entramos’”, relata Judith (45).

Algunas de las calles fueron mejoradas por los propios vecinos, aunque circular por ellas se asemeja a realizar una aventura similar a la de los pilotos del Rally Dakar. El mejorado desaparece a medida que se ingresa en el barrio y es reemplazado por tierra. Las construcciones de material desaparecen y surgen las de cartón y madera. La red de luz es más que precaria. Gran parte de los postes de luz están sueltos o inclinados sobre las casas y se sostienen por los cables.

Como la villa se encuentra en terrenos ganados al río, las casas y calles están rodeadas por lo que alguna vez fueron espejos de agua del Riachuelo, en los que todos podían bañarse. Hoy el color cristalino pasó a ser un recuerdo. El agua estancada tiene un tono amarronado con vetas aceitosas, en las que se refleja el sol, y con elevados niveles de contaminación, causado por las empresas del Polo. En las orillas, pegadas a las casas, se acumulan toneladas de basura de todo tipo.

Una pata con sus patitos nada en una especie de lagunita y se pierde en uno de los canales que corren entre los pastizales. “Cuando el agua está baja, los chicos se meten para agarrar a los patos”, cuenta Gastón, un adolescente de 15 años que vive con su familia en el corazón de Inflamable. “Uno les explica que esa agua está podrida, pero no tienen conciencia de eso. No hacen caso”, reflexiona.

Resignados

Las promesas de traslado no son nuevas. Los vecinos buscan una solución al problema, porque nadie elige vivir en condiciones precarias y mucho menos exponiendo la vida de sus hijos. Pero esos mismos vecinos no creen en las autoridades porque consideran que lo único que les importa es el beneficio de las empresas del Polo Petroquímico por encima de la gente. ¿Qué pasa cuando las empresas son consideradas más importantes que los habitantes?

En 2006, comenzaron los trabajos en conjunto entre la Secretaría de Ambiente de la Nación y el municipio. “Durante mi gestión logramos coordinar con el entonces intendente de Avellaneda, Cacho Álvarez, para comenzar a trasladar a los habitantes de los asentamientos cercanos al Polo. También lanzamos un trabajo de reparto de bidones de agua, kits de limpieza para las casas y cursos de saneamiento del hogar, junto a las ONG que trabajan en el lugar”, dijo a EG la ex secretaria de Ambiente de la Nación, Romina Picolotti, quien enfrenta una causa por supuesta malversación de fondos del Estado. 

Los vecinos están cansados de que les prometan y no cumplan. “En 2008 entregaron un par de casitas y nada más. Hoy estamos peor que en 2006”, explica el dirigente barrial Ramón Apaza, responsable de La Copa y Paraíso, dos de los tantos comedores del barrio. Ramón y sus compañeros del comedor denuncian que “los bidones quedan al sol y el agua se pudre, de las canillas comunitarias nunca sale agua y los supuestos kits de limpieza desaparecieron”.

En la villa, el único registro que hay de aquel plan de ayuda son las pilas de bidones de agua amontonados en las casas o flotando en los asentamientos de líquido contaminado. Pegado a un espejo de agua vive Carlos Espínola, un maestro formoseño de 45 años. Él y su esposa son cartoneros y se instalaron allí hace cuatro años, junto a sus tres hijos.

–¿No tiene miedo por la salud de sus hijos debido a los altos niveles de contaminación?

–A veces uno no tiene la posibilidad de elegir. Las circunstancias de la vida nos trajeron acá. A nadie le gusta vivir en esta situación –asegura el hombre, sentado a un costado de su casita de cartón, mientras abraza a su hija Lourdes, de cinco años.

La grave situación llevó a la Autoridad de la Cuenca Matanza-Riachuelo (Acumar), responsable del saneamiento de la cuenca, a presentar un amparo judicial por el cual “se prohíbe ingresar materiales de construcción en el barrio”, pedido que avaló con su fallo el juez federal de Quilmes, Luis Armella. “Por el fallo del juez, a los que tienen casitas de material se les están cayendo los techos en la cabeza”. Varios vecinos, que pidieron reserva de identidad por miedo a represalias, aseguraron que “los punteros del intendente Jorge Ferrarese entran materiales con las camionetas del municipio y nadie les dice nada”.

El artículo 41 de la Constitución Nacional brega por que todos los habitantes gocen del derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano y asegura que “las autoridades proveerán a la protección de este derecho”. Algo que en Villa Inflamable no se cumple.

Para los vecinos, las declaraciones del secretario de Política Ambiental y Empleo de Avellaneda, Humberto Borsani, demuestran que en vez de cuidar sus derechos, buscan cuidar los de las empresas. En declaraciones al diario La Ciudad de Avellaneda, el funcionario ligó el crecimiento local al de las empresas del Polo. “El desarrollo futuro de Avellaneda estará en los parques industriales de Villa Luján y Villa Inflamable”, afirma.

Hoy, los vecinos se encuentran enfrentados con el municipio porque aseguran que quedarse en el lugar significa morir lentamente. En respuesta, Borsani le aseguró a Miradas al Sur que “las empresas del Polo no contaminan”, y que “el aire está medido por monitoreo constante”. Los mismos monitoreos que el adjunto primero a cargo del defensor del Pueblo de la Nación, Anselmo Sella, cuestionó en un informe expuesto en marzo de 2011 ante la CSJ: “No se ha realizado ninguna campaña de medición que abarque a la totalidad de la cuenca y tampoco se ha planificado un sistema permanente de medición, interpretación e información al respecto”.

En la mirada resignada de las personas con las que uno se cruza mientras recorre Villa Inflamable, apostadas en las ventanas, sentadas en la puerta de sus hogares o caminando por las calles de tierra, puede verse un grito silencioso que Diego, postrado en su cama, convierte en palabras: “No quiero que me regalen nada. Sólo pido que me dejen tener una vida digna. Que me dejen probar. Intentar cumplir el sueño de mi hija de subirla a caballito”.


Nota publicada en la revista El Guardián.


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