miércoles, 23 de marzo de 2011

La izquierda unida, esa utopía

Pino Solanas, Hermes Binner y Luis Juez son las caras visibles de un movimiento que pretende formar un “frente progresista” para las elecciones de octubre. Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer los miran con simpatía.



Si la oposición en general está desorientada, “el progresismo” en particular está perdido. En un desesperado intento por encontrar el rumbo, el gobernador socialista de Santa Fe, Hermes Binner, logró juntar el sábado 19 al precandidato presidencial Fernando Pino Solanas, a su aliado cordobés Luis Juez y al ex secretario de la CTA, Víctor De Genaro, en el Foro Económico Social y Político que se realiza todos los años en Rosario. “La idea es formar un Frente Progresista a nivel nacional”, aseguraron los organizadores. Mandaron su adhesión –aunque no fueron al encuentro– la titular del GEN, Margarita Stolbizer, y el precandidato radical, Ricardo Alfonsín.

Si bien un ala de Proyecto Sur –el partido del cineasta– rechaza una alianza con el radicalismo, hay diálogos que avanzan en esa línea, hacia una alianza amplia. “Pino en la Ciudad, Ricardo (Alfonsín) y Binner, presidente y vice, Juez en Córdoba y Margarita (Stolbizer) en la provincia de Buenos Aires sería una combinación que preocuparía a más de uno de los que ya se creen ganadores”, aseguraron desde el juecismo. Para ello deberían convencer a Solanas de que abandone su sueño presidencial y que piense en su aliado, Claudio Lozano, como candidato a primer diputado nacional porteño. El economista es por ahora precandidato a jefe de gobierno.

Mientras Solanas estudia qué es lo más conveniente para él, los partidos de la izquierda más radical desaparecen de la discusión, principalmente porque no logran convencer al electorado que no es militante. Agrupaciones como el Partido Obrero no son capaces de atrapar ni al uno por ciento de los votantes. Hoy, pocos recuerdan al ex titular del MAS Luis Zamora, quien ocupó una banca en el Congreso gracias a la gran elección de 2003, cuando obtuvo un 12,3% de votos en la ciudad de Buenos Aires. “El error es creer que somos de la vieja usanza, revolucionaria y más combativa y de aquella izquierda que podía existir sin la necesidad de aunar fuerzas. Hoy la situación es otra y hay que adaptarse”, explicó Zamora. Los dirigentes del Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), en cambio, acordaron con Proyecto Sur “constituir una alternativa que sea una tercera fuerza política”.

Entre alianzas y partidos en extinción, pocos son los que se animan a arriesgar cómo irá la izquierda a las presidenciales de octubre. Empezará a develarse a principios de abril, cuando Solanas anuncie su candidatura. Las dudas se mantendrán hasta entonces: Pino podría presentarse como candidato a jefe de gobierno y a presidente. “No descarto ninguna posibilidad. Esa es la razón por la que Proyecto Sur no ha completado sus fórmulas”, dijo Solanas al ser consultado sobre una doble candidatura. Lo que más lo inquieta es perder el 23 por ciento de los votos que supo cosechar en 2009.


Nota publicada en la revista El Guardián.


Yo fui surfer

Acompañé a una delegación de veinte surfistas que me enseñaron los secretos de ese deporte. Después de caerme una y otra vez, logré surfear.



Escuché los gritos lejanos antes de encarar la ola. “¡Remá rápido!, ¡remá rápido!, ¡dale… remá rápido!”, me alentaban desde la orilla los surfistas. El sol me da en la cara. Llegó mi momento: ahora o nunca. Ya no oigo nada. De golpe, sentí el envión del que me había hablado el instructor. Vi el extremo de la tabla en el aire y sentí que estaba a un paso de surfear, salvo por un detalle: olvidé poner el torso erguido. La punta de la maldita tabla se clavó en el mar y volé un par de metros como si fuera un entrenador de Mundo Marino lanzado por los delfines. Mi cara impactó en el agua. El sopapo, instantáneo, dolió. Fue la primera caída. Las aguas de la playa Waikiki, en el sur de Mar del Plata, a unos 15 kilómetros del centro, me parecían indomables. No sería fácil lograr mi objetivo: convertirme en surfista. O serlo, al menos, por un par de días.

El desafío era interesante: viajar a Mar del Plata como miembro de una delegación de 20 surfistas experimentados. El líder del grupo era Benjamín Caisson, instructor y dueño de un local de surf de Palermo. Desde hace cuatro años, organiza una salida por mes para todos los porteños amantes del surf, a quienes llama “surfers de la selva de  cemento”. La convocatoria también está abierta a improvisados y aprendices, como es mi caso.

Salimos del local de Benjamín, Surf Shop, en Bulnes entre Paraguay y Mansilla, en Palermo. Subimos a un micro contratado por Benjamín. Mis compañeros de viaje cargaron sus tablas. Desde un primer momento, me hicieron sentir parte de la travesía. Cuando el micro paró en Dolores, le pregunté a Benjamín:

–¿Qué es lo más importante que tengo que saber para surfear? –Me miró como si le hubiese hecho una pregunta reveladora. Por eso respondió con seriedad, como hacía el Maestro Miyagui con su discípulo en la película Karate Kid.

–Una sola cosa es realmente clave a la hora de surfear: no ahogarte.

Luego bajó del micro, subió a una patineta larga y se alejó por el playón de estacionamiento de Minotauro, uno de los paradores tradicionales de Dolores. Muchos surfers tienen una relación casi inevitable con las patinetas: es una manera de “surfear en el asfalto”.  Los demás bajaron del micro apurados. Enseguida comenzaron a andar en sus patinetas. Buscaban estirar las piernas y calentar los músculos. Andaban con destreza y rapidez. Los miré asombrado y sin culpa, desde una de las mesas del patio de comidas. Lo único que ejercité fue la mandíbula: sentado a una mesa, tomé café con leche con cinco medialunas dulces y dos alfajores de chocolate.

–¿Qué significa el surf para vos? –le pregunté a Benjamín cuando entró a tomar un café.

–Es un estilo de vida y lo mejor que tiene es que no hay edad para practicarlo. Y si sos perseverante, vas a pararte en la tabla y a comprender de qué hablo –explicó.

Mi relación con el deporte es casi como la de Ricardo Fort con las mujeres: me acerco sólo por una cuestión de apariencia. En este caso, aparento ser un surfista. En cambio, lo de Daniela, una de las compañeras de viaje, es opuesto: a los 34 años practica todo tipo de deporte en el que haya que pararse sobre una tabla: surf, windsurf (a vela), kitesurf (impulsado por una cometa) y snowboard (en nieve).

–El deporte es parte fundamental en mi vida. Mi frase de cabecera es “surfeá rápido y viví despacio”. Amo el agua y las tablas, menos las de planchar –dijo Daniela. Estaba sentada en la arena, con la tabla entre sus piernas. Miraba el mar.

Mi interés por el surf, como el de muchos de mi generación, nació a principios de los 90 y se potenció cuando se estrenó la película Punto límite, protagonizada por Keanu Reeves y Patrick Swayze, y no bien surgió la idea de intentar surfear no dudé un segundo y me senté a ver la película por vigesimoquinta vez (aunque usted no lo crea). Al ver la facilidad con la que Reeves logra dominar las olas me pregunté: ¿qué tan difícil puede ser esto? Pero entre la ficción y la realidad hay un largo trecho.

Cuando comprendí lo complejo que podía ser el desafío que me había propuesto –para una persona que su único “deporte” es sentarse frente a una computadora–, me pregunté quién me había mandado a intentar surfear.

Es casi un lugar común: donde hay un surfista, suele haber colas monumentales. La prueba es el tradicional Bikini Open de Playa Grande, donde un jurado elige la mejor cola Reef del verano. Durante la selección, que cierra la competencia de surf, se da una obviedad: a las postulantes no se les ve la cara. De espaldas, con tanga negra, mueven sus colas y la multitud de hombres grita con desesperación, con las manos en alto, acariciando el aire. Luego, las chicas se ponen en hilera, con un número en la espalda. Los asistentes gritan por su favorita: “¡La 9!”, “¡la 4!”, “aguante la 6!”. En la última edición, el 15 de enero, la ganadora fue Victoria Álvarez, una porteña de 19 años que fue premiada con un cheque de dos mil pesos.

Pero cuando llegamos al balneario Waikiki, no había colas Reef. Al pisar la arena, sentí una mezcla de ansiedad y nerviosismo. Me puse el traje de neoprene con rapidez. Envuelto en esa gruesa calza enteriza me sentí una foca comprimida.

En Waikiki funciona una de las escuelas de la Academia Argentina de Surf. Allí, se pueden tomar clases desde 120 pesos y alquilar tablas y trajes por 40 pesos la hora cada uno. La playa tiene forma de bahía y eso hace que el oleaje sea parejo y constante, siempre y cuando las corrientes no sean cruzadas.

En esta playa sólo se respira surf. Tatuajes, bellas mujeres, tribales, collares, flores de colores talladas en madera, y tablas de todas las formas y tamaños aportan su colorido al fascinante mundo del surf. Mientras filosofábamos sobre las contorneadas curvas femeninas, empezaron las instrucciones aceleradas de Benjamín. Demasiado aceleradas.

–Poné el torso erguido. Respirá profundo. No te distraigas. Rema rápido. Piernas juntas. Cuando la ola te lleva, das el saltito. Si caés, cubrite la cabeza, las quillas cortan.

–¿No será mucho? –insistí.

–Vos hacé caso a todo lo que te digo y te vas a parar en la tabla como lo hacemos nosotros –aconsejó.

–Perfecto –dije no muy convencido.

–Ah, me olvidé un detalle –recordó Benjamín.

–¿Uno solo?, menos mal –bromeé y estallaron las carcajadas del resto.

Benjamín puso la mano en mi hombro derecho y aclaró:

–Preparate que el mar se va a encargar de darte todos los golpes que nunca recibiste.

A veces, hay consejos que ante un principiante sería mejor omitir. Pero Benjamín no anda con vueltas. Él sostiene que “cuanto más sabés lo que te espera, más fácil y rápido vas a lograr surfear dignamente”. Igual, no podía dejar de pensar que estaba recibiendo demasiada información y que, si bien la entendía, aplicarla no sería sencillo. La teoría estaba clara. ¿Pero la práctica?

–¿Y si mejor hacemos castillos de arena? –propuse en broma y giré la mirada hacia el grupo en busca de una mirada cómplice, pero fue en vano: a esa altura, todos corrían hacia el agua.

–Agarrá la tabla que ahora viene lo mejor –ordenó el instructor–. Llegó la hora. No podemos dar marcha atrás, salvo que quieras quedar como un cobarde. Sólo te voy a pedir una cosa. Trata de no mearte encima porque el traje absorbe y el olor no se lo saco nunca más. Mirá que ya ha pasado eso y no quiero que se repita.

Asentí con la cabeza. Tabla en mano y asegurada al tobillo izquierdo, giré lentamente hacia el mar. El sonido de las olas me intimidó. Respiré profundo, tomé coraje y avancé. Me invadió la incertidumbre. El momento de mi bautismo en el surf había llegado. ¿Cumpliré una tarea digna?

La rigidez del neoprene contenía mis temblores corporales. Lo mismo me pasó cuando quise elongar los músculos, un desafío casi imposible para un periodista sedentario.

El traje que me tocó era bastante ochentoso, tenía dos enormes óvalos amarillo fluorescentes que iban desde la axila hasta la cintura. Al principio sentí que me lo dieron para que me sintiera ridículo, pero luego descubrí que en realidad era para poder detectarme con más facilidad en caso de no poder salir por mis propios medios de las profundidades del mar.

Los primeros pasos fueron sencillos. Dentro del traje, el agua fría no se siente. Primero tabla bajo el brazo (tamaño longboard: larga y ancha para tener mayor estabilidad) y luego a flote, empujándola con las manos, encaré las aguas. Todo iba a la perfección hasta que llegó el momento de acostarme sobre la tabla y remar contra la corriente.

–Cuando enfrentás la ola que está rompiendo, tenés que hundir la punta de la tabla y sumergirte, para pasar por debajo –me indicó el instructor, que me seguía desde cerca como si yo fuera un niño.

Braceaba mar adentro cuando levanté la vista y vi acercarse a una ola que crecía acechante. De inmediato recordé la teoría. Debía sumergirme para superarla con facilidad. Tomé la punta de la tabla y cuando la ola rompió, me sumergí velozmente. Mi movimiento no fue coordinado: la única parte del cuerpo que estaba fuera del agua eran los pies. Por un instante me sentí parte del equipo olímpico de nado sincronizado (o mejor dicho: nado despatarrado).

Después de tragar mucha agua y de pasar media hora en las profundidades del mar, lanzado una y otra vez de la tabla, logré dominar mi estabilidad. El momento de dejarme llevar por una ola había llegado.

–Si sos perseverante, lo vas a lograr –me alentó el Mencho, sentado en su tabla, mar adentro. Tiene 27 años, es mécanico y profesor de educación física. Surfea desde que era chico. Como si fuera un bañero de Baywatch, él siempre está firme en la playa con sus abdominales marcados, bronceado y pose de ganador. Pasa más tiempo mirando chicas que dentro del agua.

Mi imagen de surfer deportista y de alimentación sana, por suerte, desapareció al sentarnos en el comedor del parador del balneario. Cuando la camarera comenzó a traer las cervezas heladas y hamburguesas de diez centímetros de diámetro, con jamón, queso, lechuga, tomate y huevo frito, me sentí en el paraíso.

–¿Querés sal? –me preguntó la mesera.

–No, gracias. Con toda la que tragué me alcanza y sobra.

Al caer la tarde volvimos al hotel. La noche fue tranquila porque los encargados de llevar las guitarras se habían olvidado de hacerlo. Hubo pizzas y empanadas. Surgieron algunas anécdotas, chistes y comentarios (todos referidos a mi cómica, por no decir deplorable, performance). “Te vi volar y clavar la cara en el agua, igual que yo la primera vez que vine”, dijo uno. “El surf consiste en pararse en la tabla, no abajo”, replicó otro entre risas. En la primera jornada, el cansancio me había vencido: el mar, indómito, me había ganado por cansancio. A la mañana siguiente, desperté con la sensación de que una manada de búfalos había usado mi espalda como camino alternativo, pero igualmente partimos hacia la playa La Serena, al sur marplatense. Es una de las playas de moda, pero hace diez años fue escenario de una tragedia: un rayo mató a un surfer que desafiaba las olas. No bien llegamos, nos metimos en el agua. Primer intento, primer golpe. Segundo intento, segundo golpe. Golpe a golpe, veía pasar las olas y las horas hasta que me indigné.

–Me voy a parar en la tabla aunque me cueste una semana de hospital –juré. A esa altura, era una cuestión de orgullo.

En un momento, observé una gran ola y supe que era mi oportunidad. Giré la tabla hacia la costa y me preparé. Comencé a remar, cada vez con más fuerza, hasta que sentí el impulso. Cuando la ola succiona, sobre la tabla se siente una fuerza de empuje que te arrastra. De inmediato dejé de remar y recordé las indicaciones del instructor: enderezar el torso y evitar que la punta se clave en el agua. Tomé la tabla por ambos lados y me impulsé: di el saltito (a medias, ayudándome con la rodilla). Había ocurrido el milagro. Logré surfear.

Sentir la tabla en la planta de los pies, los brazos en el aire para lograr equilibrio y desplazarse parado sobre el agua causa una adrenalina similar a la de caminar por el borde de un precipicio. Los nervios, dolores y todo el sufrimiento anterior desaparecieron, al menos por los dos segundos que logré mantenerme en pie.

El primer objetivo había sido logrado, pero quería más. Con esfuerzo, más tarde pude pararme tres veces más. Por primera vez, me sentí poderoso. El balance no estuvo mal. Dos días y muchos golpes en el agua bastaron para darme cuenta de que el secreto es no entregarse. Sobre al agua me sentí libre. En ese momento comprendí las palabras de Benjamín. Tenía razón: el surf es un estilo de vida. De Daniela aprendí otra frase: “Surf fast, live slow”. La traduzco: surfeá rápido, viví despacio.



Nota publicada en la revista El Guardián.

jueves, 17 de marzo de 2011

La verdadera historia de los piratas de Somalia


Embarcaciones europeas y asiáticas participan de una depredación sistemática. Buques pesqueros extranjeros saquean el atún y arrojan residuos en el mar.

En las costas de Somalia hay un grupo de corsarios armados que nacieron como “Guardacostas Voluntarios”, con el fin de defender sus aguas de los pesqueros que saquean el atún y de los barcos que allí vuelcan desechos tóxicos.

Desde hace diecisiete años, poco después de que estallara la crisis política de 1991 que dividió al país en dos, los piratas somalíes  actúan  en las aguas del océano Índico y del mar Rojo. “Hoy  no hay un gobierno único que organice a la nación, por lo que es difícil que alguien logre controlarlos”, asegura Marisa Pineau, titular de la cátedra de Historia  de Asia y África contemporánea de la UBA.

Debido justamente a la falta de controles, los países poderosos no solo pescan de manera indiscriminada en aguas somalíes –donde se halla una de las mayores reservas de atún del mundo- sino que también aprovechan para depositar en el mar sus desechos tóxicos, una circunstancia que salió a la luz tras el tsunami que azotó al país en 2004, porque el fuerte oleaje rompió los contenedores depositados en el fondo del océano y arrastró los fluidos hasta las playas.

Por otra parte, se ha comprobado que piratas y mercenarios británicos han intervenido en numerosos secuestros, y también son ingleses los bufetes de abogados que hacen de intermediarios en estas extorsiones, cobrando por la labor de mediación que desarrollan.

“Desechos radioactivos de uranio y metales pesados como el cadmio y mercurio se encontraron en las costas. También hay basura industrial, desechos de hospital y basura de sustancias químicas”, aseguró en ese momento el portavoz del Programa Ambiental de las Naciones Unidas (UNEP, siglas en inglés), Nick Nuttall.

En 2008, se instalaron tres puestos navales antipiratería, dos al sur de los Emiratos Árabes y uno en Yibuti - limítrofe con Somalia- donde se unen el mar Rojo con el Golfo de Adén. Desde entonces, los secuestros y robos a los buques sufrieron un notable incremento y pasaron de 35 en 2007 a 97 al año siguiente, según el último informe del International Maritima Boreau, entidad encargada del rastreo satelital marítimo.

Los piratas conviven con la constante contradicción de ser condenados por los países de la Unión Europea, mientras  su accionar es avalado por la gran mayoría de sus compatriotas. “El 70 por ciento de la población apoya la piratería como una forma de defensa nacional de las aguas territoriales del país”, concluyó una investigación del grupo local independiente WardherNews.

La zona más caliente del conflicto es el Golfo de Adén, que une el océano Índico con el mar Rojo, corredor marítimo por el que se transporta el 20 por ciento del petróleo del mundo y por el que pesqueros, como el recientemente liberado, circulan para abastecer a Europa de atún. Actualmente, Francia, Estados Unidos y Reino Unido están preparando un borrador de resolución para el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizaría a estos países a patrullar en aguas territoriales del Cuerno de África.

 “Hace menos de cinco meses se reunió un grupo internacional ‘antipiratería’ y allí los que exigieron la más dura represión fueron Italia y Egipto; se dio la coincidencia de que en esos días, en la costa somalí de Las Khorey, apresaron a una gabarra italiana y a dos rastreadores egipcios abarrotados de peces capturados ilegalmente. Las naves habían arrojado al mar dos grandes tanques que, según fundadas sospechas, contenían basura contaminante. Los somalíes invitaron a expertos de diversos países para que fueran a comprobar lo que ocurría, pero nadie acudió”, había asegurado el periodista argentino Horacio Eichelbaum, en su columna del diario “La Opinión” de Málaga.


Todos especulan, nadie entiende

En la oposición no quieren esperar hasta agosto para designar sus candidatos. Por eso, en el radicalismo y en el Peronismo Federal anticipan sus internas partidarias para no quedar relegados en la campaña ante el oficialismo.



Si hay algo confuso en la política argentina, eso es la maratón eleccionaria que habrá los próximos meses. Entre las internas partidarias, las internas abiertas generales obligatorias de agosto y las elecciones presidenciales de octubre, la mayoría de los ciudadanos no sabe aún cuántas veces y en qué comicios tendrá que participar para no ser penalizada por la falta del sello en el DNI. Caos electoral que se origina porque ningún partido o agrupación quiere correr con desventaja en la campaña.

La reforma política votada en el Congreso en 2009, que introdujo la obligatoriedad de las internas abiertas y simultáneas para designar candidatos, puso en alerta a todos los partidos políticos, excepto al oficialismo. La mayoría del resto de las fuerzas estima que esperar hasta mediados de agosto para  contar con una fórmula definida reduce sus posibilidades frente al oficialismo que, a menos que suceda una catástrofe, ya tiene a su candidata: Cristina Fernández de Kirchner, según sus propios exégetas.

En la oposición, cuestionan que así el kirchnerismo tiene el panorama claro para sumar votos, mientras el resto debe esperar hasta dos meses antes de las presidenciales.

“Nos vimos obligados a hacer internas propias con anterioridad para ganar tiempo y tener más tiempo para poder posicionar a un candidato consensuado y fuerte”, explican desde el alfonsinismo. El entorno de Ricardo Alfonsín ve a su representante tan bien posicionado frente a su competidor directo, Ernesto Sanz, que reconoce como contendiente final a la Presidenta; por eso apuntan los discursos a CFK.

Desde el sector de Ernesto Sanz, las frases no son muy diferentes de las de su competidor. El senador mendocino insiste en que, además, la iniciativa del radicalismo de elegir candidato con anticipación “es una clara muestra de la autonomía de la Unión Cívica Radical”. Una mirada similar es la que tienen en el Peronismo Federal. “Nos vemos obligados a adelantar las internas para no correr con desventaja”, confían desde el duhaldismo.

La oposición se lanzó, entonces, a una serie de procesos electorales. La confusión surge porque nadie explica que no es obligatorio participar de las internas partidarias de abril y mayo, pero no se puede escapar tanto a sufragar en las internas obligatorias abiertas del 14 de agosto como a las presidenciales del 23 de octubre.

La UCR y el PF tienen que lidiar con candidatos que amenazan con ir por fuera de las partidarias. Los radicales creen que el vicepresidente Julio Cobos no llegará a presentarse y que buscará acomodarse con el candidato elegido el 30 de abril, a pesar de que el vicepresidente insiste en que será candidato en agosto. Lo mismo sucede en el Peronismo Federal con Felipe Solá. Desde ambos sectores coinciden en que ambos candidatos se bajarán antes de llegar a las abiertas obligatorias, a menos que consiga afianzarse con el macrismo.

Para el ministro del Interior, Florencio Randazzo, las internas previas que harán los opositores “no tienen sentido, porque la baja participación de ciudadanos que tendrán le quitarán legitimidad al ganador”. Además, insiste en que “por más que busquen métodos para adelantarse, están obligados a presentarse en agosto sí o sí”.

Las internas abiertas obligatorias son el trampolín que necesitarán los candidatos para poder postularse para presidente de la Nación. Para lograrlo, precisan obtener el 1,5 por ciento de votos; de lo contrario, deberán ver las presidenciales de octubre por tevé.



Cuándo se debe y cuándo se puede ir a votar

No es obligatorio participar en las internas partidarias.

Sí habrá que presentarse –DNI en mano– el 14 de agosto, fecha de las internas abiertas y simultáneas, y el 23 de octubre, cuando todos los argentinos concurran a elegir el presidente para el período 2011–2015.

Las internas convocadas antes de esas fechas por los partidos no son obligatorias.

Las fuerzas que realizan sus elecciones antes de esa fecha son la Unión Cívica Radical y el Peronismo Federal.

En el caso de la UCR, los comicios internos serán el sábado 30 de abril, entre Ricardo Alfonsín y Ernesto Sanz.

En el PF, hay un cronograma escalonado en todo el país a lo largo de ocho fines de semana. Comienzan el 3 de abril y terminan a fines de mayo.

Los precandidatos son Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saá y Mario Das Neves.

Entre tanto, el Pro (Mauricio Macri), la Coalición Cívica (Elisa Carrió), Proyecto Sur (Fernando Solanas) y el kirchnerismo no precisan disputas internas porque van con candidatos urgidos de acuerdos.



Nota publicada en la revista El Guardián.

jueves, 10 de marzo de 2011

Este Juez no deja político con cabeza

El actual senador, en campaña para ser gobernador de Córdoba por el Frente Cívico, denuncia un acuerdo entre De la Sota y el kirchnerismo, junto con un pacto entre el radicalismo y el peronismo, con el fin de perjudicarlo.




En Córdoba, una de las provincias más importantes electoralmente, donde se disputa el 9 por ciento del padrón nacional, la pelea política trasciende las discusiones, pese a que todavía los comicios no tienen fecha. El disparador lo marcó el candidato a gobernador por el Frente Cívico (FC), Luis Juez, al denunciar un acuerdo entre el histórico José Manuel de la Sota con el kirchnerismo y un pacto entre el radicalismo y el peronismo, armado para “defender los intereses económicos y los negociados”.

El senador es el mejor posicionado en las encuestas, con más del 35% de intención de voto. Al ahora kirchnerista De la Sota le saca 10 puntos, pero eso no lo tranquiliza, porque asegura que sus rivales (el oficialista y el radical Oscar Aguad) utilizarán los medios para intentar defenestrar al “hombre que pretende gobernar sin las órdenes del empresariado”.

“De la Sota y Aguad están cortados por la misma tijera: son de derecha y defienden los intereses empresariales como hizo Eduardo Angeloz en 1983”, denunció Juez; y explicó cómo De la Sota se convirtió en candidato: “Fue un pacto que selló con De Vido (ministro de Planificación), con quien  hablan de los negocios de Electroingeniería S.A., que maneja el 100% de la obra pública en la provincia, todas por licitaciones directas o hechas a medida”.

“Esta empresa factura más de 100 millones de dólares al año, el doble que hace una década. De la Sota presentó a los dueños de la compañía a De Vido, cuando Kirchner había roto vínculos con el Grupo Roggio y buscaba una firma para manipular de manera monopólica”, aseguró Juez.

“Electroingeniería maneja desde hace diez años la usina Pilar, valuada en 557 millones de dólares; el Centro Cívico, de 1.400 millones de pesos; y la obra pública de infraestructura en Córdoba”, detalló, y aseguró que para cuidar esos intereses, sus opositores harán lo imposible para evitarle ser gobernador. “Es un negocio millonario que queremos otorgar como se debe: por licitaciones públicas y no a medida”, aclaró.

A los negocios de esta empresa se le suma la promesa de la presidenta Cristina Fernández de darle respaldo financiero a Córdoba para que sea la segunda provincia del país en tener su línea de subte. El presupuesto inicial del proyecto era de 700 millones de dólares, pero según estimaciones, la obra costará 1.100 millones.

Juez no duda en denunciar a “los políticos corruptos que destruyen el país”. Así, dijo que el actual gobernador, Juan Schiaretti, presiona a los medios con la pauta publicitaria oficial para que “me ridiculicen en los meses que quedan para la elección”. “En 2010, invirtió 10 millones de pesos en publicidad. Mientras en la provincia no se hacen viviendas sociales y la salud pública está destruida. Claro, el poder de influencia que tienen los medios de comunicación es más importante”, ironizó. “Ahora me acusan de kirchnerista. Ser opositor no es estar ciego y negar lo que uno cree que está bien. Si se extiende la Asignación Universal por Hijo a las embarazadas, yo aplaudo y el oficialismo tendrá mi voto en el Senado, pero eso no es ser kirchnerista”, concluyó.



Nota publicada en la revista El Guardián.


jueves, 3 de marzo de 2011

El sindicalista que maneja un bondi

Tras 25 años en la conducción del gremio de colectiveros, Víctor D’Aprile volvió a ser chofer. Descalifica a los dirigentes que se enriquecen. “Cuando morís, al de arriba no le importa cuánta guita tenés, sino cómo la hiciste”, afirma.



No siempre sindicalismo es igual a negociados o mafia. Pero con José Pedraza y Juan José Zanola detenidos en Ezeiza, con el Momo Venegas en libertad tras pagar una fianza de 500 mil pesos y con otros dirigentes sospechados de haberse enriquecido mientras aseguraban defender a sus compañeros trabajadores, encontrar a un gremialista que vuelva a trabajar al llano, como cualquier hijo de vecino, no es cosa de todos los días.

Es el caso de Víctor Mario “Samba” D’Aprile. Un metro noventa y casi 120 kilos de imponente presencia, hasta diciembre fue secretario de Acción Social de la Unión Tranviaria Automotor (UTA) y todavía integra la conducción de las 62 Organizaciones Peronistas, liderada por Venegas.

Suena extraño que alguien que ocupa esos cargos como gremialista y que fue la mano derecha de uno de los hombres fuertes del sindicalismo argentino, Saúl Ubaldini, haya vuelto a manejar micros de larga distancia. “El 3 de enero me llamaron de la empresa para arreglar. Me hicieron una propuesta y les dije que me dieran rápido un par de camisas porque yo volvía a manejar”, dice el Samba, como lo apodaron cuando era joven.

“Cumplí con los requerimientos, como cualquier empleado. Me hice los exámenes y el curso de manejo, porque lo último que había manejado eran aquellos carros viejos, muy distintos a los de ahora”, aclara. Y explica, irónico, que “algunos compañeros me reclamaron que estaba sentando un mal precedente”.
Hijo de una familia de clase media baja del Abasto, comenzó su carrera gremial al poco tiempo de ingresar a trabajar en la línea 34, a principio de los 70. D’Aprile reniega de quienes comenzaron en el sindicalismo con él y se enriquecieron. “Pedraza era secretario administrativo y nos cruzábamos cada vez que íbamos a la CGT. En ese entonces teníamos el mismo cargo, cada uno en su gremio”, recuerda.
“Era hora de que se terminara con la impunidad y para que el sindicalismo vuelva a ser lo que debe ser: la defensa de los trabajadores. Tengo una familia hermosa, una esposa que me banca, amigos a los que puedo mirar a la cara, una casa cómoda, la murga y ahora volví a hacer lo que me gusta: manejar. Esa es mi fortuna. No necesito un piso en Puerto Madero, ni avión, ni autos importados. Con lo que tengo me alcanza y sobra”, afirma sin necesidad de aclarar a quienes se refiere.

Luego de pasar por dos líneas de colectivo, D’Aprile entró en Chevallier en 1977. “Dos años después formé la primera comisión de reclamo”, dice. “En el 84, conocí a Saúl Ubaldini y con el tiempo nos hicimos compinches, casi vivíamos en la CGT y los domingos comíamos en familia. Íbamos a todos lados juntos. Cuando murió, perdí a un padre, un amigo, un hermano”, recuerda.

Además de los cargos gremiales, D’Aprile integró el MTA, el sector de la CGT que, liderado por colectiveros y camioneros, en los 90 organizaba marchas contra el ex presidente Carlos Menem. D’Aprile jura: “Me hice sindicalista para defender a los trabajadores y no para ser millonario. Cuando morís, Al de Arriba no le importa cuánta guita tenés, sino cómo la hiciste”.


Nota publicada en la revista El Guardián.