Acompañé a una delegación de veinte surfistas que me enseñaron los secretos de ese deporte. Después de caerme una y otra vez, logré surfear.
Escuché los gritos lejanos antes de encarar la ola. “¡Remá
rápido!, ¡remá rápido!, ¡dale… remá rápido!”, me alentaban desde la orilla los
surfistas. El sol me da en la cara. Llegó mi momento: ahora o nunca. Ya no oigo
nada. De golpe, sentí el envión del que me había hablado el instructor. Vi el
extremo de la tabla en el aire y sentí que estaba a un paso de surfear, salvo
por un detalle: olvidé poner el torso erguido. La punta de la maldita tabla se
clavó en el mar y volé un par de metros como si fuera un entrenador de Mundo
Marino lanzado por los delfines. Mi cara impactó en el agua. El sopapo,
instantáneo, dolió. Fue la primera caída. Las aguas de la playa Waikiki, en el
sur de Mar del Plata, a unos 15 kilómetros del centro, me parecían indomables.
No sería fácil lograr mi objetivo: convertirme en surfista. O serlo, al menos,
por un par de días.
El desafío era interesante: viajar a Mar del Plata como
miembro de una delegación de 20 surfistas experimentados. El líder del grupo
era Benjamín Caisson, instructor y dueño de un local de surf de Palermo. Desde
hace cuatro años, organiza una salida por mes para todos los porteños amantes
del surf, a quienes llama “surfers de la selva de cemento”. La convocatoria también está abierta
a improvisados y aprendices, como es mi caso.
Salimos del local de Benjamín, Surf Shop, en Bulnes entre
Paraguay y Mansilla, en Palermo. Subimos a un micro contratado por Benjamín.
Mis compañeros de viaje cargaron sus tablas. Desde un primer momento, me hicieron
sentir parte de la travesía. Cuando el micro paró en Dolores, le pregunté a
Benjamín:
–¿Qué es lo más importante que tengo que saber para surfear?
–Me miró como si le hubiese hecho una pregunta reveladora. Por eso respondió
con seriedad, como hacía el Maestro Miyagui con su discípulo en la película
Karate Kid.
–Una sola cosa es realmente clave a la hora de surfear: no
ahogarte.
Luego bajó del micro, subió a una patineta larga y se alejó
por el playón de estacionamiento de Minotauro, uno de los paradores
tradicionales de Dolores. Muchos surfers tienen una relación casi inevitable
con las patinetas: es una manera de “surfear en el asfalto”. Los demás bajaron del micro apurados.
Enseguida comenzaron a andar en sus patinetas. Buscaban estirar las piernas y
calentar los músculos. Andaban con destreza y rapidez. Los miré asombrado y sin
culpa, desde una de las mesas del patio de comidas. Lo único que ejercité fue
la mandíbula: sentado a una mesa, tomé café con leche con cinco medialunas
dulces y dos alfajores de chocolate.
–¿Qué significa el surf para vos? –le pregunté a Benjamín
cuando entró a tomar un café.
–Es un estilo de vida y lo mejor que tiene es que no hay
edad para practicarlo. Y si sos perseverante, vas a pararte en la tabla y a
comprender de qué hablo –explicó.
Mi relación con el deporte es casi como la de Ricardo Fort
con las mujeres: me acerco sólo por una cuestión de apariencia. En este caso,
aparento ser un surfista. En cambio, lo de Daniela, una de las compañeras de
viaje, es opuesto: a los 34 años practica todo tipo de deporte en el que haya
que pararse sobre una tabla: surf, windsurf (a vela), kitesurf (impulsado por
una cometa) y snowboard (en nieve).
–El deporte es parte fundamental en mi vida. Mi frase de
cabecera es “surfeá rápido y viví despacio”. Amo el agua y las tablas, menos
las de planchar –dijo Daniela. Estaba sentada en la arena, con la tabla entre
sus piernas. Miraba el mar.
Mi interés por el surf, como el de muchos de mi generación,
nació a principios de los 90 y se potenció cuando se estrenó la película Punto
límite, protagonizada por Keanu Reeves y Patrick Swayze, y no bien surgió la
idea de intentar surfear no dudé un segundo y me senté a ver la película por
vigesimoquinta vez (aunque usted no lo crea). Al ver la facilidad con la que
Reeves logra dominar las olas me pregunté: ¿qué tan difícil puede ser esto?
Pero entre la ficción y la realidad hay un largo trecho.
Cuando comprendí lo complejo que podía ser el desafío que me
había propuesto –para una persona que su único “deporte” es sentarse frente a
una computadora–, me pregunté quién me había mandado a intentar surfear.
Es casi un lugar común: donde hay un surfista, suele haber
colas monumentales. La prueba es el tradicional Bikini Open de Playa Grande,
donde un jurado elige la mejor cola Reef del verano. Durante la selección, que
cierra la competencia de surf, se da una obviedad: a las postulantes no se les
ve la cara. De espaldas, con tanga negra, mueven sus colas y la multitud de
hombres grita con desesperación, con las manos en alto, acariciando el aire.
Luego, las chicas se ponen en hilera, con un número en la espalda. Los
asistentes gritan por su favorita: “¡La 9!”, “¡la 4!”, “aguante la 6!”. En la
última edición, el 15 de enero, la ganadora fue Victoria Álvarez, una porteña
de 19 años que fue premiada con un cheque de dos mil pesos.
Pero cuando llegamos al balneario Waikiki, no había colas
Reef. Al pisar la arena, sentí una mezcla de ansiedad y nerviosismo. Me puse el
traje de neoprene con rapidez. Envuelto en esa gruesa calza enteriza me sentí
una foca comprimida.
En Waikiki funciona una de las escuelas de la Academia
Argentina de Surf. Allí, se pueden tomar clases desde 120 pesos y alquilar
tablas y trajes por 40 pesos la hora cada uno. La playa tiene forma de bahía y
eso hace que el oleaje sea parejo y constante, siempre y cuando las corrientes
no sean cruzadas.
En esta playa sólo se respira surf. Tatuajes, bellas
mujeres, tribales, collares, flores de colores talladas en madera, y tablas de
todas las formas y tamaños aportan su colorido al fascinante mundo del surf.
Mientras filosofábamos sobre las contorneadas curvas femeninas, empezaron las
instrucciones aceleradas de Benjamín. Demasiado aceleradas.
–Poné el torso erguido. Respirá profundo. No te distraigas.
Rema rápido. Piernas juntas. Cuando la ola te lleva, das el saltito. Si caés,
cubrite la cabeza, las quillas cortan.
–¿No será mucho? –insistí.
–Vos hacé caso a todo lo que te digo y te vas a parar en la
tabla como lo hacemos nosotros –aconsejó.
–Perfecto –dije no muy convencido.
–Ah, me olvidé un detalle –recordó Benjamín.
–¿Uno solo?, menos mal –bromeé y estallaron las carcajadas
del resto.
Benjamín puso la mano en mi hombro derecho y aclaró:
–Preparate que el mar se va a encargar de darte todos los
golpes que nunca recibiste.
A veces, hay consejos que ante un principiante sería mejor
omitir. Pero Benjamín no anda con vueltas. Él sostiene que “cuanto más sabés lo
que te espera, más fácil y rápido vas a lograr surfear dignamente”. Igual, no
podía dejar de pensar que estaba recibiendo demasiada información y que, si
bien la entendía, aplicarla no sería sencillo. La teoría estaba clara. ¿Pero la
práctica?
–¿Y si mejor hacemos castillos de arena? –propuse en broma y
giré la mirada hacia el grupo en busca de una mirada cómplice, pero fue en
vano: a esa altura, todos corrían hacia el agua.
–Agarrá la tabla que ahora viene lo mejor –ordenó el
instructor–. Llegó la hora. No podemos dar marcha atrás, salvo que quieras
quedar como un cobarde. Sólo te voy a pedir una cosa. Trata de no mearte encima
porque el traje absorbe y el olor no se lo saco nunca más. Mirá que ya ha pasado
eso y no quiero que se repita.
Asentí con la cabeza. Tabla en mano y asegurada al tobillo
izquierdo, giré lentamente hacia el mar. El sonido de las olas me intimidó.
Respiré profundo, tomé coraje y avancé. Me invadió la incertidumbre. El momento
de mi bautismo en el surf había llegado. ¿Cumpliré una tarea digna?
La rigidez del neoprene contenía mis temblores corporales.
Lo mismo me pasó cuando quise elongar los músculos, un desafío casi imposible
para un periodista sedentario.
El traje que me tocó era bastante ochentoso, tenía dos
enormes óvalos amarillo fluorescentes que iban desde la axila hasta la cintura.
Al principio sentí que me lo dieron para que me sintiera ridículo, pero luego
descubrí que en realidad era para poder detectarme con más facilidad en caso de
no poder salir por mis propios medios de las profundidades del mar.
Los primeros pasos fueron sencillos. Dentro del traje, el
agua fría no se siente. Primero tabla bajo el brazo (tamaño longboard: larga y
ancha para tener mayor estabilidad) y luego a flote, empujándola con las manos,
encaré las aguas. Todo iba a la perfección hasta que llegó el momento de
acostarme sobre la tabla y remar contra la corriente.
–Cuando enfrentás la ola que está rompiendo, tenés que
hundir la punta de la tabla y sumergirte, para pasar por debajo –me indicó el
instructor, que me seguía desde cerca como si yo fuera un niño.
Braceaba mar adentro cuando levanté la vista y vi acercarse
a una ola que crecía acechante. De inmediato recordé la teoría. Debía
sumergirme para superarla con facilidad. Tomé la punta de la tabla y cuando la
ola rompió, me sumergí velozmente. Mi movimiento no fue coordinado: la única
parte del cuerpo que estaba fuera del agua eran los pies. Por un instante me
sentí parte del equipo olímpico de nado sincronizado (o mejor dicho: nado
despatarrado).
Después de tragar mucha agua y de pasar media hora en las
profundidades del mar, lanzado una y otra vez de la tabla, logré dominar mi
estabilidad. El momento de dejarme llevar por una ola había llegado.
–Si sos perseverante, lo vas a lograr –me alentó el Mencho,
sentado en su tabla, mar adentro. Tiene 27 años, es mécanico y profesor de
educación física. Surfea desde que era chico. Como si fuera un bañero de
Baywatch, él siempre está firme en la playa con sus abdominales marcados,
bronceado y pose de ganador. Pasa más tiempo mirando chicas que dentro del
agua.
Mi imagen de surfer deportista y de alimentación sana, por
suerte, desapareció al sentarnos en el comedor del parador del balneario.
Cuando la camarera comenzó a traer las cervezas heladas y hamburguesas de diez
centímetros de diámetro, con jamón, queso, lechuga, tomate y huevo frito, me
sentí en el paraíso.
–¿Querés sal? –me preguntó la mesera.
–No, gracias. Con toda la que tragué me alcanza y sobra.
Al caer la tarde volvimos al hotel. La noche fue tranquila
porque los encargados de llevar las guitarras se habían olvidado de hacerlo.
Hubo pizzas y empanadas. Surgieron algunas anécdotas, chistes y comentarios
(todos referidos a mi cómica, por no decir deplorable, performance). “Te vi
volar y clavar la cara en el agua, igual que yo la primera vez que vine”, dijo
uno. “El surf consiste en pararse en la tabla, no abajo”, replicó otro entre
risas. En la primera jornada, el cansancio me había vencido: el mar, indómito,
me había ganado por cansancio. A la mañana siguiente, desperté con la sensación
de que una manada de búfalos había usado mi espalda como camino alternativo,
pero igualmente partimos hacia la playa La Serena, al sur marplatense. Es una
de las playas de moda, pero hace diez años fue escenario de una tragedia: un
rayo mató a un surfer que desafiaba las olas. No bien llegamos, nos metimos en
el agua. Primer intento, primer golpe. Segundo intento, segundo golpe. Golpe a
golpe, veía pasar las olas y las horas hasta que me indigné.
–Me voy a parar en la tabla aunque me cueste una semana de
hospital –juré. A esa altura, era una cuestión de orgullo.
En un momento, observé una gran ola y supe que era mi
oportunidad. Giré la tabla hacia la costa y me preparé. Comencé a remar, cada
vez con más fuerza, hasta que sentí el impulso. Cuando la ola succiona, sobre
la tabla se siente una fuerza de empuje que te arrastra. De inmediato dejé de
remar y recordé las indicaciones del instructor: enderezar el torso y evitar
que la punta se clave en el agua. Tomé la tabla por ambos lados y me impulsé:
di el saltito (a medias, ayudándome con la rodilla). Había ocurrido el milagro.
Logré surfear.
Sentir la tabla en la planta de los pies, los brazos en el
aire para lograr equilibrio y desplazarse parado sobre el agua causa una
adrenalina similar a la de caminar por el borde de un precipicio. Los nervios,
dolores y todo el sufrimiento anterior desaparecieron, al menos por los dos
segundos que logré mantenerme en pie.
El primer objetivo había sido logrado, pero quería más. Con
esfuerzo, más tarde pude pararme tres veces más. Por primera vez, me sentí
poderoso. El balance no estuvo mal. Dos días y muchos golpes en el agua
bastaron para darme cuenta de que el secreto es no entregarse. Sobre al agua me
sentí libre. En ese momento comprendí las palabras de Benjamín. Tenía razón: el
surf es un estilo de vida. De Daniela aprendí otra frase: “Surf fast, live
slow”. La traduzco: surfeá rápido, viví despacio.
Nota publicada en la revista El Guardián.