jueves, 18 de agosto de 2011

De chiquilín te miraba de afuera


La mítica confitería de Florida y Lavalle, que en sus épocas de oro era frecuentada por Marechal y Borges, quedó a un paso de cerrar sus puertas. La polémica maniobra de sus dueños y la estrategia gremial de sus empleados.



La noche del martes 16, la confitería Richmond, en la que históricamente desde su apertura en el microcentro porteño se había convertido en el centro de reunión, reflexión y debate del emblemático grupo literario conocido como Florida, se convirtió en una parrilla gremial. Los representantes del sindicato que nuclea a los trabajadores gastronómicos hicieron un asado para los 14 mozos y cocineros que ese día tomaron el establecimiento en reclamo de su fuente laboral. La Richmond había cerrado sus puertas, quizá para siempre.

La imagen de la desazón y el vaciamiento marcan el paisaje desolador que presenta hoy la confitería nacida en 1917 y que forma parte de los Bares Notables porteños, situada en Florida 468. Nada quedó del mobiliario que acobijó a personajes de la talla de Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Ricardo Güiraldes, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal y Eduardo González Lanuza, entre otros distinguidos personajes. En sus 1.500 metros cuadrados sólo queda la barra y, en el subsuelo, algunas mesas de ajedrez. Los muebles de estilo inglés, las sillas y sillones Chesterfield desaparecieron: la Ley 2.548 sólo protegía su fachada.

Una semana antes de que estallara el conflicto, la Legislatura porteña había declarado “sitio histórico” a La Richmond. La ley, aprobada por mayoría parlamentaria, protege las características históricas, arquitectónicas, artísticas y urbanísticas de la confitería. Pero los administradores aprovecharon que la ley no estaba promulgada y en menos de 24 horas vaciaron el inmueble y concretaron la supuesta venta de las acciones a una empresa que planeaba obtener una franquicia de la marca deportiva Nike. La avivada les costó caro.

La llamativa e inmediata operación comercial llevó a la diputada porteña del Frente para la Victoria, Gabriela Alegre, a realizar un pedido de informe, ya que la supuesta empresa compradora “no adquiere inmuebles, los alquila o le vende franquicias a empresarios”.

El hermetismo que hay sobre la venta preocupa a políticos y empleados. Aunque a los representantes del gremio liderado por Luis Barrionuevo, que acompañan a los trabajadores, pareciera que su única preocupación es el valor del inmueble. “Es un local que debe rondar los 20 millones de dólares”, se los escucha repetir. ¿Qué intención se esconde detrás de esa inquietud? Es un interrogante. Hace un tiempo que la empresa venía implementando una marcada reducción de personal, y actualmente tenía en planta sólo 10 empleados. Nadie sabe con certeza quién está detrás del millonario negocio inmobiliario, pero Nike anunció que dará un paso atrás con la franquicia. La Richmond se suma a la larga lista de Bares Notables que, a pesar de estar protegidos por ley, quedan a la deriva. Al cierre de esta edición, los trabajadores esperaban que el Ministerio de Trabajo resolviera la situación. Uno de los mozos lloró sin consuelo. Sus lágrimas eran de desesperación por la pérdida del trabajo, pero también de nostalgia.


Otros notables

  1.  El Molino: su historia comenzó en 1848, a 100 metros de su última ubicación, (Callao y Rivadavia). Y cerró sus puertas en enero de 1997 “por vacaciones”, y nunca más volvió a abrir. Varios proyectos fueron presentados en la Legislatura para recuperarla. El último, del ibarrista Eduardo Epszteyn, plantea la expropiación de todo el inmueble. Por el momento, todo sigue igual.
  2. Angelitos: fue inaugurado en 1890 bajo el nombre Bar Rivadavia. Las personalidades más importantes del tango, como Carlos Gardel y Osvaldo Pugliese, eran habitués del lugar. Tras cerrar sus puertas durante 15 años, el 19 de junio de 2007 volvió a cobijar a los porteños en Balvanera.
  3.  Británico: en ese templo de San Telmo, frente a Parque Lezama, en Defensa y Brasil, el escritor Ernesto Sabato escribió algunas páginas de su libro Sobre Héroes y Tumbas. Estuvo a punto de cerrarse, pero en 2007 Agustín Souza adquirió y reabrió el bar, manteniendo la mística que siempre lo caracterizó.



Nota publicada en la revista El Guardián.


El trotskismo cree en los milagros

Fue uno de los pocos espacios por fuera del kirchnerismo en el que se festejó la noche de las primarias. La izquierda dura consiguió el piso del 1,5 para presentarse en octubre y ahora ahora va por una banca. El decisivo aporte de twitter.



Agrupémonos todos en la lucha final. Y se alzan los pueblos ¡con valor! por la Internacional”, entonaban al unísono los candidatos del Frente de Izquierda, desde la ventana del búnker que daba a la calle Venezuela al 800, y los más de 500 jóvenes militantes que desde afuera agitaban banderas rojas y amarillas. El himno de la Organización Internacional Socialista enmarcó el festejo de haber logrado el tan promocionado “milagro para Altamira”, que impulsó el periodista Jorge Rial por twitter. La fórmula de la izquierda, encabezada por el veterano Jorge Altamira, es de las pocas que consiguió el objetivo que se había propuesto para las elecciones primarias. En su caso el módico, pero nada desdeñable, propósito de perforar el piso de 1,5 % que les permitiera llegar a las presidenciales de octubre.

La sede del Partido Obrero, una antigua casona ubicada en el barrio de Monserrat, fue una fiesta. 

“Chipi, tenés la sonrisa dibujada”, le lanzó un periodista al candidato a vicepresidente, Christian Castillo. “Qué querés, negro, si hoy es día de fiesta, esta alegría no nos la quita nadie”, respondió eufórico Castillo. “Es un logro histórico”, aseguró Altamira. Es que en las presidenciales de 2007 apenas alcanzaron un 0,8. Un poco más allá, el dirigente Marcelo Ramal celebraba que esa noche había sólo dos búnkers con alegría: el de Cristina y el del Frente de Izquierda. “El resto son velorios”, graficó.

Pocos apostaban a que la izquierda clasista alcanzaría los votos necesarios. Cuando se conocieron los primeros datos de boca de urna, el búnker se empezó a poblar. “Mirá cómo empiezan a caer, nadie daba un mango por nosotros y ahora somos noticia”, ironizó uno de los organizadores mientras miraba ingresar los equipos de televisión. “El gran acierto fue el eslógan”, reconoció Castillo.

Mientras en la calle, al borde del cordón, se armaban las parrillas que en horas se cubrirían de patys y chorizos, y los militantes se agolpaban y desplegaban sus banderas, adentro estalló el primer grito de alegría. Eran las 21 cuando se conocieron los primeros datos oficiales: la izquierda tenía 2,19 por ciento. “¿Y Argumedo?”, preguntó uno de los presentes. “0,78, no llega. Pino se queda en el camino”, respondió una mujer desde la habitación donde instalaron una pantalla. Entre esas fórmulas se había planteado el desafío de cuál podría superar el piso exigido por la reforma política.El FIT pudo. Proyecto Sur no. A su líder, Pino Solanas, iban apuntadas las dedicatorias en los cantitos de los militantes.

El resultado asombró a todos, hasta a los candidatos de la fórmula. “No puedo creer lo que logramos. Sabía que íbamos a llegar, pero nunca imaginé un 2,5”, confesó Altamira. El momento más emotivo fue la conferencia de prensa. Tras un silencio, y con los ojos llenos de lágrimas, Altamira agradeció y dedicó el logro al militante del PO asesinado en octubre del año pasado, Mariano Ferreyra. La fiesta se extendió hasta entrada la madrugada. Por primera vez en la sede del Partido Obrero estaban celebrando un festejo propio de los partidos tradicionales, un burgués resultado electoral.


“Ganó la clase obrera”

Más allá de haber alcanzado el objetivo del 1,5%, Altamira sabe que el desafío será conservar ese apoyo en octubre.

–¿Cuál fue el secreto que los llevó a alcanzar el mínimo requerido por la ley electoral?

–Uno de los grandes aciertos fue el haber formado un Frente entre el PO, el PTS y la Izquierda Socialista. Y, además, somos los únicos que basamos nuestros spot y campaña en propuestas concretas y tangibles, el resto hicieron sólo venta publicitaria. Lo que logramos no es un triunfo nuestro, es una victoria de la clase obrera argentina. A pesar del logro seguiremos peleando para que se derogue la exigencia del 1,5.

–¿Son conscientes de que mucha gente que los votó lo hizo para que alcanzaran el piso? ¿Cómo piensan retenerlo en octubre?

–El mensaje de antiproscripción de los spots de campaña nos ayudó mucho, ahora vamos a tener que trabajar para lograr ingresar en las legislaturas y para pelear por la posibilidad de alcanzar un banca en Diputados que nos dieron los salteños. Vamos a seguir la línea de brindar propuestas concretar, basadas en la defensa de la clase trabajadora y en la igualdad social. 


Nota publicada en la revista El Guardián.

Un amor hecho pedazos

La historia del patovica que descuartizó a su bella novia porque creía que lo engañaba con un policía. Un crimen macabro que conmocionó en 2003 al barrio porteño de Balvanera. ¿La obra de un psicópata o de un desesperado?



La mañana del jueves 18 de septiembre de 2003, mientras el sol comenzaba a hacer notar la inminente llegada de la primavera y los diarios daban la noticia de la recuperación económica del país, en el barrio porteño de Balvanera, a metros del Shopping Abasto, un joven uruguayo era interceptado por dos policías en la puerta del edificio en el que vivía con su novia cuando se disponía a salir con tres enormes bolsas negras. Lo que los uniformados jamás imaginaron era que ese muchacho que se mostraba tranquilo había cometido un macabro asesinato. Adentro, los esperaba lo más parecido a una escena digna de la obra siniestra de Jack el Destripador.

El día anterior, el patovica y fisicoculturista charrúa Jorge Luis Camejo Izquierdo, de 31 años, despidió a su novia, Vanesa Navia, de 24, quien fue hacia su trabajo. La bella profesora de educación física e instrumentista quirúrgica del Hospital de Clínicas pasó el día entre pacientes y médicos. Al caer el sol regresó a su hogar, sin imaginar (nadie puede imaginar que en pocos minutos va a morir trágicamente) que ése sería su último día con vida.

Vanesa entró en el edificio, situado en Ecuador 768, en donde convivía con su pareja hacía tres años. Subió por el ascensor y al llegar al séptimo piso caminó lentamente hasta el departamento 22. Sacó la llave, abrió la puerta y entró para nunca más salir. Luego de darse una ducha, Vanesa, envuelta en su bata de baño, comenzó a discutir con su novio.

Los vecinos estaban acostumbrados a soportar los gritos y reproches de la pareja, que crecían día a día. Más de una vez tuvieron que intervenir los policías de la comisaría 27ª tras los llamados de reclamo. “El muchacho (Camejo) era muy celoso. Las peleas en la pareja se habían incrementado porque la chica mantenía una relación en secreto con un cabo de la Policía Federal que hacía horas extras en el nosocomio en el que ella trabajaba”, según consta en la causa judicial.

Esa noche, nadie escuchó nada. Unos minutos de reproches alcanzaron para iniciar la pelea. El patovica tapó los gritos de la joven presionándole la boca con su mano izquierda, mientras que con la otra intentaba detener los golpes que ella lanzaba para sacárselo de encima. En su afán, él tiró con fuerza del cordón de la bata de baño de Vanesa. Ella luchó, pero el oxígeno dejó de llegar a sus pulmones y se desvaneció. Por algunos segundos, el silencio se apoderó de la habitación. Luego, llegó el desahogo. “¡Mirá lo que me hiciste hacer!”, le reprochó, entre lágrimas, el asesino a la víctima. “Intenté reanimarla pero no pude. No podía parar de llorar”, declaró Camejo ante la jueza Alicia Iermini. Minutos habían pasado de las 20 cuando Vanesa encontró la muerte. Hasta entonces, su cuerpo era una sola pieza. Poco tiempo pasó para que el asesino recuperara la calma. Tomó el cuerpo sin vida de su novia, lo arrastró hasta la bañera y le quitó la bata. Luego  limpió y ordenó metódicamente toda la pieza. Como si no hubiese pasado nada.

En un departamento de Villa del Parque, comenzó a sonar al teléfono. Lucas Coria (29), amigo de Camejo, atendió. Del otro lado de la línea se escuchó la voz de su amigo. “Necesito que vengas, se me fue la mano con Vanesa”, le contó el asesino con la voz entrecortada. Coria intentó calmarlo. Le preguntó qué había pasado, pero no tuvo respuesta. Cortó y fue de inmediato hacia la casa del uruguayo.

Eran las 23.30 cuando Coria llegó al departamento. Camejo lo recibió nervioso e inquieto. “¿Qué pasó?”, preguntó. Sin mediar palabras, el matador lo llevó hasta el baño. “Me descompuse, no podía creer lo que mis ojos estaban viendo”, declaró Coria. En la bañera yacía Vanesa, desnuda y seccionada en tres partes. La sangre inundaba de muerte las cañerías del edificio del barrio de Balvanera. Afuera, el mundo seguía su curso.

Luego de meter el cuerpo en la bañera, Camejo tomó una tijera y un bisturí del maletín de trabajo de Vanesa y trozó a su víctima en tres: caderas, torso y cabeza. Y la dejó en la bañera para que se desangrara por completo. Le ordenó a Coria que lo esperara y se fue a la farmacia a comprar amoníaco y bolsas de consorcio. Coria aprovechó para escapar del lugar.

El amigo del asesino llegó a la casa de sus padres y les contó todo. Casi sin mediar palabras, fueron a la comisaría 27ª a hacer la denuncia. La jueza envió a una comisión policial para que detuviera al homicida. Mientras tanto, en su departamento, el destripador charrúa iniciaba su obra macabra.

Con la precisión de un experto matarife, seccionó el cuerpo en 12 partes. Separó cada extremidad por la unión, cortando los cartílagos para poder separarlas y sin quebrar un solo hueso. Luego lavó cada parte para quitar todo rastro de sangre y las envolvió en pedazos de sábanas empapadas en amoníaco para tapar el mal olor. Así guardó en bolsas de consorcio el rompecabezas en el que había convertido a su novia: pensaba tirarlas al río.

“La perfección de los cortes y la limpieza de la habitación demuestran que el asesino trabajó toda la noche con mucha paciencia”, dictaminaron los peritos.

El reloj marcaba poco más de las 7, del jueves 18, cuando Camejo emprendió la salida del edificio. Con él, llevaba las bolsas en las que transportaba los pedazos del cuerpo de Vanesa. En la puerta fue interceptado por los dos policías que había enviado la jueza. Con la excusa de buscar su documento, el asesino subió, dejó las bolsas y volvió a bajar. Los policías, dudosos de la actitud del patovica, decidieron retenerlo hasta que llegó la orden de allanamiento. En el departamento, todo estaba ordenado y limpio, como si nadie hubiera pasado la noche allí. Los uniformados fijaron la vista en las bolsas que Camejo había dejado en medio del living y decidieron abrirlas. Una mezcla de sorpresa, asco e indignación se llevaron los policías al descubrir que adentro de las bolsas se encontraban las doce piezas que formaban el cuerpo de Vanesa. Junto a la cabeza, el asesino había puesto el documento y el teléfono celular de la víctima.

El muchacho musculoso fue detenido y trasladado a la unidad 20 del Hospital Borda, donde permaneció hasta que fue condenado a 11 años de prisión por homicidio simple. La pena fue menos grave que la esperada porque, para la Justicia argentina, el descuartizamiento no es agravante porque se comete cuando la víctima está sin vida.

El fallo fue apelado pero en diciembre de 2008 se ratificó en última instancia. El joven, conocido como “el descuartizador de Balvanera”, pasa sus días en el penal de Ezeiza a la espera de cumplir su condena para volver a las calles en un par de años. Mientras tanto, el departamento 22 del séptimo piso del edificio de Ecuador al 700 guardará el trágico recuerdo de aquella noche en la que un patovica se convirtió en la versión criolla de Jack el Destripador.


Nota publicada en la revista El Guardián.

jueves, 4 de agosto de 2011

Yo fui taxista

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué. Un cronista de esta revista lo experimentó un par de horas como chofer y experimentó lo que todos suponen y pocos comprueban de esta profesión que tiene mucho de mitología popular.



Cualquiera que haya viajado en taxi habrá vivido en carne propia la experiencia de escuchar al chofer protestar contra colectiveros, motoqueros, piqueteros y todo lo que termine en “eros”; bah, en realidad, con todo lo que esté relacionado con los seres humanos que circulan por la Ciudad de Buenos Aires. Basta hablar con un tachero para darse cuenta de su convencimiento de que entre ellos y el mundo hay una pelea particular. Como si todo complotara en su contra.

Por eso, cuando me propusieron el desafío de manejar un taxi nada más y nada menos que durante 12 horas, acepté sin dudarlo. Deseaba comprobar o desmentir los mitos relacionados con esta profesión. Lo que nunca imaginé es que ese juego divertido, con el correr de las horas, comenzaría a alterar mi sistema nervioso.

Lo primero que me vino a la mente fue aquél mítico taxista que un día se cruzó con una hermosa millonaria adolescente para emprender juntos una historia de amor que paralizaba el país: Rolando Rivas, taxista, aquella exitosa novela de Alberto Migré que Canal 13 estrenó en 1972, protagonizada por Claudio García Satur (Rolando Rivas) y Soledad Silveyra (Mónica Helguera Paz). Su éxito fue tal que en 1974 llegó a la pantalla grande.

“Jamás voy a olvidar mi primer taxi, era un flamante Peugeot 404, igual al que manejaba Rolando Rivas. Eran otros tiempos, era otra Buenos Aires y, definitivamente, era otro el tráfico –sonríe–. Doce horas por día durante casi 40 años, hasta que un día, a la salida del cine Royal (donde ahora funciona un templo evangélico) encontré a mi Mónica Helguera Paz. Ella salía de ver la película La tregua, con Héctor Alterio y Ana María Picchio”, recuerda Antonio (60), mientras limpia con el plumero el parabrisas de su Renault Mégane.

Recorrí toda la ciudad intentando conseguir los cigarrillos Cóndor Negro que fumaba Satur en la novela. “Pibe, esos puchos dejaron de existir antes de que vos nacieras”, me repetían en cada kiosco que iba parando. Me invadió la desazón, pero nada me sacaría la idea de lograr conseguir a mi Mónica Helguera Paz. Lo que no imaginaba era que, al finalizar el día, lo único que logré confirmar es que Migré y Ricardo Arjona, con su bendita canción “Historia de Taxi”, me mintieron.

A rodar

El camino hacia la parada en la que me esperaba Ricardo, de 41 años, el dueño del Ford Focus con el que me iba a transformar en un pedazo de Buenos Aires por medio día me hizo dudar un poco. La ciudad estaba invadida por miles de personitas que no pasan el metro veinte de altura corriendo alocadas por todos lados, con sus padres corriéndolos desesperados intentando controlarlos. Aceleré el paso y logré llegar una hora antes de lo establecido. Ricky y otros ocho taxistas me esperaban dispuestos a darme un curso acelerado que me ayudó para lidiar con la travesía.

–Estamos en vacaciones. Evitá subir madres con hijos porque te dejan el auto a la miseria–, lanzó Claudio Rodríguez (40), chofer de un Corsa, otro de los habitués de la parada donde me dieron una mano.

–Ojo en Palermo. Está lleno de sorpresas– lanzó Diego, un cincuentón, y ninguno logró evitar la carcajada.

–Por los travestis, digo– aclara, como si hiciera falta.

–Escuchá Radio 10 o Aspen, cuidate de los colectiveros y tratá de elegir pasajeros “comunes”, porque el hecho de que te pare un tipo con traje no te da la seguridad de que no te vaya a robar– aconsejó Ricky.

Tomé coraje y allí fui. Me afirmé al volante y comencé mi raid, como cada día lo hacen los casi 33 mil taxis que circulan por las calles porteñas. Durante tres horas me paseé por medio Buenos Aires sin levantar ni un pasajero; demasiado trabajo me daba evitar a los enormes colectivos que cruzan las avenidas de punta a punta y te obligan a clavar los frenos; esquivando a los ciclistas y motoqueros que se creen los dueños de la calle, y se te cruzan delante y encima te insultan. En ese punto me sentí un fracasado y percibía que el estrés comenzaba de a poquito a horadar mi paciencia y a hacerla estallar en pedazos.

En el semáforo de Corrientes y 9 de Julio uno de los colegas que había conocido en la parada se me puso a la par y me gritó: “Si no apagás el reloj no te va a parar nadie”. Pequeño detalle: manejo un taxi supuestamente ocupado; apagué el reloj y emprendí hacia el Bajo por Corrientes. Al llegar a Florida, tres adolescentes me hacen seña para que pare. “Vas vacío $%&/”, alcancé a escuchar algunos adjetivos que me lanzaron por no parar, todos dirigidos hacia mi familia. Preferí bancar las puteadas a riesgo de subirlos y que tuviera que llevarlos a una dirección que no estaba a la altura de mis conocimientos; así que seguí girando vacío durante una hora más, hasta que al llegar a la esquina de Billinghurst y Lavalle, en pleno corazón de Almagro, clavé los frenos. No era para menos. “Era una rubia preciosa, llevaba minifalda”, me pareció escuchar a Arjona describir a la perfección a mi primera pasajera. “Se me hizo”, pensé. La recibí con una sonrisa. Lástima, porque ella nunca la detectó.

–Las Heras y Callao– pidió, seca, con voz cortante. Y pos si fuera poco, me exigió que me apurara.

–Es un horario complicado, voy a hacer todo lo que esté a mi alcance– respondí como si fuese un experimentado.

–Usted es igual que mi novio, siempre tienen una excusa. Al final son todos iguales– replicó, iniciando un diálogo que llegaría a lugares que jamás imaginé.

El viaje fue corto, pero para Marcela (26) se convirtió en una sesión de psicólogo. Me contó que con su novio, Leonel (28), vive peleando, porque el chico parece que tiene una “disfunción eréctil”, como si le estuviera hablando a un médico; que su madre vive rogándole que la haga abuela; que las compañeras de trabajo la odian y que los jefes sólo piensan en “volteársela”. Mientras escuchaba su descargo, en mi mente circulaba la escena de Rolando Rivas en la que Solita se tira del taxi de Satur, él para el auto y corre hacia ella, la toma en sus brazos y le reclama: “Pero qué hizo. Por qué hizo eso, chiquilina”. Pero el sueño de que ella pudiera ser mi Mónica se fue derrumbando a medida que los problemas de la joven se hacían interminables. Menos mal que no me ofrecí para reemplazar al novio, porque si llegaba a fallar se enteraba todo el mundo...

La mujer que conocí como un amor fugaz se terminó convirtiendo en una paciente, algo a lo que los taxistas suelen estar acostumbrados. No hay estadísticas oficiales, pero ocho de cada 10 tacheros confiesan haber logrado llevar a la cama a alguna rubia hermosa que levantó como pasajera en alguna esquina porteña; los dos restantes aseguran que los otros ocho mienten.

Otra de las características que distinguen a los taxistas es su capacidad de lograr teorías ilógicas, como le sucedió a mi última pasajera, que levanté en Callao y Juncal con destino a José María Moreno y Rivadavia.

“Pobres. Los homosexuales son enfermos, tienen un problema molecular”, me contó entre risas Daniela, haciendo referencia a la explicación que le dio otro de mis pares. Según ese tachero, todos los seres humanos tenemos una “molécula trola”, que si se da vuelta nos convierte en homosexuales. Daniela recuerda claramente la seguridad con la que este pseudocientífico convertido en chofer le explicaba su teoría; inevitablemente, la carcajada surge por sí sola.

Durante el segundo viaje recordé los consejos de Rodríguez. Una madre con dos hermosos ogros de no más de 5 años. “Al Shopping Abasto, por favor”, pidió entre gritos y retos. No hay nada peor que manejar con chicos excitados en la Ciudad. La nena lloraba y la madre, para calmarla, le llenaba la boca con galletitas.

Por un momento me convertí en un pulpo. Una mano al volante y la otra frenando al varón que intentaba pasar adelante; los gritos de la madre se confundían con los bocinazos de los colectivos que se me venían encima. Me sentí como el alienado Robert De Niro en Taxi Driver hasta que llegamos a destino. No sabía si cobrarle o lanzarlos del auto. Definitivamente, esto no es para mí.

El retorno

Mi performance fue patética: tres viajes y 200 pesos. Sacarme el dolor de cintura y recuperar mi alterado estado nervioso me llevó una semana. “A este paso te vas a morir de hambre, no te alcanza ni para pagar el alquiler del taxi”, ironizó entre risas Ricky. Es verdad, fui un fracaso. Me llevo mucho mejor con una PC.

Luego de pasar 12 horas intentando evitar accidentes en los que sufrí, me entusiasmé y me devoré un exquisito sánguche de bondiola en un carrito de la Costanera, debo reconocer que admiro profundamente a esos conductores con nervios de acero, que deben lidiar con los zigzagueantes colectivos, los motoqueros suicidas y los conductores particulares que cuando no se creen pilotos de fórmula uno se transforman en paseantes domingueros.

Ser taxista es ser psicólogo, consejero y asesor de cada pasajero. Y hay que estar preparado para hablar de todo, hasta de lo que no se tiene ni la más mínima idea. Pero de eso, por suerte, el cliente nunca se enterará.



Nota publicada en la revista El Guardián.

Un colegio donde llueve pis del techo

Desde hace tres años, las autoridades de la escuela Nº 15 de Parque Chacabuco reclaman al Gobierno porteño que repare las filtraciones, pero sin éxito. En Infraestructura dicen que recién ahora se puso en marcha la licitación.



Los maestros y alumnos de la escuela Nº 15 Provincia de Salta, situada en el barrio porteño de Parque Chacabuco, están cansados de pedir soluciones a las autoridades para los graves problemas de infraestructura que sufre la institución. Llevan tres años dando clases en aulas en las que se filtran aguas servidas, provenientes de los baños del primer piso, y aseguran que a nadie parece importarle la salud de los chicos que deben estudiar en esas pésimas condiciones.

Los alumnos de primaria y de jardín del establecimiento juegan todos los días en un patio interno en el que llueve orín del techo. Lo mismo sucede en la sala de música, lindera al comedor, donde almuerzan más de 400 pibes que no tienen noción de los riesgos de salud que corren.

Los maestros no saben qué hacer para que los funcionarios de la Ciudad los escuchen. En 2008, las autoridades de la escuela realizaron la denuncia en la Defensoría porteña e inmediatamente elevaron el reclamo al área de Infraestructura del Ministerio de Educación de la Ciudad. Pese a sus quejas, hasta el momento nadie les dio una solución.

El delegado de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE) del establecimiento, Francisco Erostarbe, aseguró que la situación es cada vez más crítica. “Tenemos que poner baldes y trapos en las goteras por las que caen los fluidos (mezcla de agua y orín) para dar clases. El riesgo al que se está exponiendo a los chicos es aberrante”, afirmó Erostarbe, y agregó que cuando llueve no hay baldes que alcancen para poner en las goteras de los pasillos y de las aulas del primer piso.

El área encargada de hacer los reclamos a Infraestructura Escolar es la cooperadora del colegio. Ellos insisten en que en el Ministerio de Esteban Bullrich no los toman en serio. “La única respuesta que nos dan es mandarnos un inspector que hace un relevamiento del problema y dice elevar el informe. Cada seis meses hacen lo mismo y siempre es un inspector nuevo. O sea, dos veces al año volvemos a empezar de cero”, explicó el delegado de UTE.

En 2009, el entonces ministro de Educación porteño Mariano Narodowski se fotografió mientras hacía un breve recorrido por el establecimiento. Desde entonces, ningún ministro del Gobierno porteño se acercó para verificar los padecimientos de la escuela. “La visita de Narodowski fue la primera y última, luego vino el olvido”, aseguró Erostarbe.

El director general de Infraestructura Escolar de la Ciudad, Claudio Viola, explicó a EG que desde hace un mes se tercerizó el mantenimiento de las instituciones de 12 de las 15 comunas, que la escuela donde se produce este problema es una de ellas y está a cargo de la empresa Mantelectric y Riva. “La demora (de tres años) se debió a que no terminábamos de definir si las obras de impermeabilización correspondían a Infraestructura o a la empresa encargada del mantenimiento. Hace un mes lo definimos y la semana que viene sale a licitación”, explicó Violas.

Las filtraciones son el problema más grave que sufren en la escuela. Pero también hay denuncias por inconvenientes con las precarias instalaciones eléctricas, con el ascensor que no funciona hace un año, con la falta de calefacción en dos aulas (quinto y sexto grado) y con un pararrayos que fue instalado pero que no tiene el cable a tierra correspondiente. “Si no nos mata el pis, alcanza con que caiga un rayo para que nos electrifique a todos”, dicen los directivos del colegio.


Nota publicada en la revista El Guardián.