jueves, 4 de agosto de 2011

Yo fui taxista

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué. Un cronista de esta revista lo experimentó un par de horas como chofer y experimentó lo que todos suponen y pocos comprueban de esta profesión que tiene mucho de mitología popular.



Cualquiera que haya viajado en taxi habrá vivido en carne propia la experiencia de escuchar al chofer protestar contra colectiveros, motoqueros, piqueteros y todo lo que termine en “eros”; bah, en realidad, con todo lo que esté relacionado con los seres humanos que circulan por la Ciudad de Buenos Aires. Basta hablar con un tachero para darse cuenta de su convencimiento de que entre ellos y el mundo hay una pelea particular. Como si todo complotara en su contra.

Por eso, cuando me propusieron el desafío de manejar un taxi nada más y nada menos que durante 12 horas, acepté sin dudarlo. Deseaba comprobar o desmentir los mitos relacionados con esta profesión. Lo que nunca imaginé es que ese juego divertido, con el correr de las horas, comenzaría a alterar mi sistema nervioso.

Lo primero que me vino a la mente fue aquél mítico taxista que un día se cruzó con una hermosa millonaria adolescente para emprender juntos una historia de amor que paralizaba el país: Rolando Rivas, taxista, aquella exitosa novela de Alberto Migré que Canal 13 estrenó en 1972, protagonizada por Claudio García Satur (Rolando Rivas) y Soledad Silveyra (Mónica Helguera Paz). Su éxito fue tal que en 1974 llegó a la pantalla grande.

“Jamás voy a olvidar mi primer taxi, era un flamante Peugeot 404, igual al que manejaba Rolando Rivas. Eran otros tiempos, era otra Buenos Aires y, definitivamente, era otro el tráfico –sonríe–. Doce horas por día durante casi 40 años, hasta que un día, a la salida del cine Royal (donde ahora funciona un templo evangélico) encontré a mi Mónica Helguera Paz. Ella salía de ver la película La tregua, con Héctor Alterio y Ana María Picchio”, recuerda Antonio (60), mientras limpia con el plumero el parabrisas de su Renault Mégane.

Recorrí toda la ciudad intentando conseguir los cigarrillos Cóndor Negro que fumaba Satur en la novela. “Pibe, esos puchos dejaron de existir antes de que vos nacieras”, me repetían en cada kiosco que iba parando. Me invadió la desazón, pero nada me sacaría la idea de lograr conseguir a mi Mónica Helguera Paz. Lo que no imaginaba era que, al finalizar el día, lo único que logré confirmar es que Migré y Ricardo Arjona, con su bendita canción “Historia de Taxi”, me mintieron.

A rodar

El camino hacia la parada en la que me esperaba Ricardo, de 41 años, el dueño del Ford Focus con el que me iba a transformar en un pedazo de Buenos Aires por medio día me hizo dudar un poco. La ciudad estaba invadida por miles de personitas que no pasan el metro veinte de altura corriendo alocadas por todos lados, con sus padres corriéndolos desesperados intentando controlarlos. Aceleré el paso y logré llegar una hora antes de lo establecido. Ricky y otros ocho taxistas me esperaban dispuestos a darme un curso acelerado que me ayudó para lidiar con la travesía.

–Estamos en vacaciones. Evitá subir madres con hijos porque te dejan el auto a la miseria–, lanzó Claudio Rodríguez (40), chofer de un Corsa, otro de los habitués de la parada donde me dieron una mano.

–Ojo en Palermo. Está lleno de sorpresas– lanzó Diego, un cincuentón, y ninguno logró evitar la carcajada.

–Por los travestis, digo– aclara, como si hiciera falta.

–Escuchá Radio 10 o Aspen, cuidate de los colectiveros y tratá de elegir pasajeros “comunes”, porque el hecho de que te pare un tipo con traje no te da la seguridad de que no te vaya a robar– aconsejó Ricky.

Tomé coraje y allí fui. Me afirmé al volante y comencé mi raid, como cada día lo hacen los casi 33 mil taxis que circulan por las calles porteñas. Durante tres horas me paseé por medio Buenos Aires sin levantar ni un pasajero; demasiado trabajo me daba evitar a los enormes colectivos que cruzan las avenidas de punta a punta y te obligan a clavar los frenos; esquivando a los ciclistas y motoqueros que se creen los dueños de la calle, y se te cruzan delante y encima te insultan. En ese punto me sentí un fracasado y percibía que el estrés comenzaba de a poquito a horadar mi paciencia y a hacerla estallar en pedazos.

En el semáforo de Corrientes y 9 de Julio uno de los colegas que había conocido en la parada se me puso a la par y me gritó: “Si no apagás el reloj no te va a parar nadie”. Pequeño detalle: manejo un taxi supuestamente ocupado; apagué el reloj y emprendí hacia el Bajo por Corrientes. Al llegar a Florida, tres adolescentes me hacen seña para que pare. “Vas vacío $%&/”, alcancé a escuchar algunos adjetivos que me lanzaron por no parar, todos dirigidos hacia mi familia. Preferí bancar las puteadas a riesgo de subirlos y que tuviera que llevarlos a una dirección que no estaba a la altura de mis conocimientos; así que seguí girando vacío durante una hora más, hasta que al llegar a la esquina de Billinghurst y Lavalle, en pleno corazón de Almagro, clavé los frenos. No era para menos. “Era una rubia preciosa, llevaba minifalda”, me pareció escuchar a Arjona describir a la perfección a mi primera pasajera. “Se me hizo”, pensé. La recibí con una sonrisa. Lástima, porque ella nunca la detectó.

–Las Heras y Callao– pidió, seca, con voz cortante. Y pos si fuera poco, me exigió que me apurara.

–Es un horario complicado, voy a hacer todo lo que esté a mi alcance– respondí como si fuese un experimentado.

–Usted es igual que mi novio, siempre tienen una excusa. Al final son todos iguales– replicó, iniciando un diálogo que llegaría a lugares que jamás imaginé.

El viaje fue corto, pero para Marcela (26) se convirtió en una sesión de psicólogo. Me contó que con su novio, Leonel (28), vive peleando, porque el chico parece que tiene una “disfunción eréctil”, como si le estuviera hablando a un médico; que su madre vive rogándole que la haga abuela; que las compañeras de trabajo la odian y que los jefes sólo piensan en “volteársela”. Mientras escuchaba su descargo, en mi mente circulaba la escena de Rolando Rivas en la que Solita se tira del taxi de Satur, él para el auto y corre hacia ella, la toma en sus brazos y le reclama: “Pero qué hizo. Por qué hizo eso, chiquilina”. Pero el sueño de que ella pudiera ser mi Mónica se fue derrumbando a medida que los problemas de la joven se hacían interminables. Menos mal que no me ofrecí para reemplazar al novio, porque si llegaba a fallar se enteraba todo el mundo...

La mujer que conocí como un amor fugaz se terminó convirtiendo en una paciente, algo a lo que los taxistas suelen estar acostumbrados. No hay estadísticas oficiales, pero ocho de cada 10 tacheros confiesan haber logrado llevar a la cama a alguna rubia hermosa que levantó como pasajera en alguna esquina porteña; los dos restantes aseguran que los otros ocho mienten.

Otra de las características que distinguen a los taxistas es su capacidad de lograr teorías ilógicas, como le sucedió a mi última pasajera, que levanté en Callao y Juncal con destino a José María Moreno y Rivadavia.

“Pobres. Los homosexuales son enfermos, tienen un problema molecular”, me contó entre risas Daniela, haciendo referencia a la explicación que le dio otro de mis pares. Según ese tachero, todos los seres humanos tenemos una “molécula trola”, que si se da vuelta nos convierte en homosexuales. Daniela recuerda claramente la seguridad con la que este pseudocientífico convertido en chofer le explicaba su teoría; inevitablemente, la carcajada surge por sí sola.

Durante el segundo viaje recordé los consejos de Rodríguez. Una madre con dos hermosos ogros de no más de 5 años. “Al Shopping Abasto, por favor”, pidió entre gritos y retos. No hay nada peor que manejar con chicos excitados en la Ciudad. La nena lloraba y la madre, para calmarla, le llenaba la boca con galletitas.

Por un momento me convertí en un pulpo. Una mano al volante y la otra frenando al varón que intentaba pasar adelante; los gritos de la madre se confundían con los bocinazos de los colectivos que se me venían encima. Me sentí como el alienado Robert De Niro en Taxi Driver hasta que llegamos a destino. No sabía si cobrarle o lanzarlos del auto. Definitivamente, esto no es para mí.

El retorno

Mi performance fue patética: tres viajes y 200 pesos. Sacarme el dolor de cintura y recuperar mi alterado estado nervioso me llevó una semana. “A este paso te vas a morir de hambre, no te alcanza ni para pagar el alquiler del taxi”, ironizó entre risas Ricky. Es verdad, fui un fracaso. Me llevo mucho mejor con una PC.

Luego de pasar 12 horas intentando evitar accidentes en los que sufrí, me entusiasmé y me devoré un exquisito sánguche de bondiola en un carrito de la Costanera, debo reconocer que admiro profundamente a esos conductores con nervios de acero, que deben lidiar con los zigzagueantes colectivos, los motoqueros suicidas y los conductores particulares que cuando no se creen pilotos de fórmula uno se transforman en paseantes domingueros.

Ser taxista es ser psicólogo, consejero y asesor de cada pasajero. Y hay que estar preparado para hablar de todo, hasta de lo que no se tiene ni la más mínima idea. Pero de eso, por suerte, el cliente nunca se enterará.



Nota publicada en la revista El Guardián.

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