jueves, 3 de mayo de 2012

Cansada de vivir la vida loca

Daniela herrero, con nuevo disco. A los 16 grababa su primer CD y protagonizaba el programa de tevé con más rating. Esa vertiginosa carrera se frenó cuando terminó internada en un hospital. Arrancó otra vez, hizo terapia, descartó lo que no quería y regresó a la música.



Hoy, cualquiera puede cruzársela por las calles de Colegiales, en       una situación muy diferente a la de hace una década, cuando no podía moverse de su casa sin ser abordada por grupos de fans desesperados por una foto o un autógrafo. A días de lanzar su nuevo disco, asegura haber recuperado la dulce y tierna sonrisa que había perdido. Por primera vez, Daniela Herrero revela cómo el descuido de una discográfica internacional casi la destruye, por qué no le quedan recuerdos de su adolescencia y cómo fueron sus días en la clandestinidad.

El 16 de mayo llegará a las disquerías su último trabajo: Madre, que será presentado a mediados de junio. “El nuevo material está hecho pulmón”, aclara la cantante –al igual que su antecesor, Altavoz–. El disco muestra una nueva faceta, en la que incorpora una fusión de sonidos experimentales. “Es el trabajo más sincero y sentido que hice”, afirma. Madre está compuesto por 11 canciones, entre las que se destacan el corte de difusión, “Hacerte bien”, y su versión del tema de Pappo “Juntos a la par”. Este último es muy significativo para la joven amante del blues, ya que tuvo la suerte de interpretarlo junto al Carpo en el Gran Rex en 2004. “La Bella y la Bestia”, ironizó aquella noche Pappo.

En 2001, Sony Music lanzó su primer disco, que llevaba como título su nombre: Daniela Herrero. La productora había visto en la adolescente de 16 años un potencial que había que aprovechar. Sus canciones sonaban en todas las radios y sus discos facturaban fortunas. Fue una de las protagonistas del éxito televisivo Costumbres argentinas, a pesar de que sólo este año empezará a estudiar teatro. Tenía todo lo que un chico de esa edad desearía. Siete años después, esa experiencia alocada casi terminó con ella. Luego desapareció. Durante dos años fue como si se la hubiera tragado la tierra.

–Comenzaste con apenas 14 años, eras una nena. ¿Qué recordás de esos primeros pasos de tu carrera?

–Todo era demasiado acelerado, no alcanzaba a comprender una cosa que ya estaba viviendo algo nuevo. Tanto que, por disposición de la discográfica, terminé festejando mis 15 en un McDonald’s con mis fans. Hoy es un recuerdo horrible. La explotación fue tal que no tenía tiempo para mí. Con la banda terminábamos de tocar en un lugar y volábamos a otro. Todo era una locura. Ver un malón de chicos golpeando los vidrios me daba mucho miedo –hace silencio unos segundos y continúa–. Igualmente, esa etapa es como que no me pasó a mí, es como si lo hubiera visto desde afuera. Es tan borrosa esa parte de mi vida, la del éxito entre comillas, que hay muchas cosas que ni las recuerdo.

–En 2008 decidiste desaparecer. ¿Cuál fue el detonante que te llevó a tomar esa decisión?

–Fue un conjunto de cosas, pero una fue el detonante. Mi vida se había convertido en una carrera vertiginosa que no podía controlar, hasta que me dio un ataque que cada vez que lo recuerdo me eriza la piel. Un día, llevé a mi hermana a la facultad y cuando llegué a casa me sentía muy mal. Entré al baño y no bien crucé la puerta me desplomé. Me repuse un poco, me levanté como pude y cuando me miré al espejo me asusté mucho. Las venas de la cara parecían que iban a estallar. Media hora después iba camino a la clínica en una ambulancia. Camila (la amiga) y los médicos creían que me había empastillado. Pensé que me moría. Horas después, cuando logré reaccionar y me vi envuelta en mangueras con suero decidí que, aunque era riesgoso, debía tomarme un tiempo para reflexionar qué estaba haciendo con mi vida.

–¿Tus padres cómo reaccionaron?

–Cuando llegaron no lo podían creer. Parecía Linda Blair en El exorcista (risas). Estaba tirada en la cama, pálida y llena de mangueras. Ese colapso me marcó. Quería vivir mi vida y no la que me impusieran. Por suerte mis viejos son unos santos, me cuidaron y me apoyaron en todo. Sobre todo cuando les dije que iba a romper con Sony.

–Entre 2008 y 2010 muy poco se supo de vos. ¿Qué fue de tu vida?

–Aproveché para recuperar un montón de cosas que había perdido, principalmente familiares y amigos que había dejado de ver por vivir una vida que no era acorde a la edad que tenía. También hice terapia alternativa grupal, con amigos y con gente que nunca había visto, y eso me llevó a realizar sesiones de autoconocimiento. Allí trabajamos mucho la imaginación, ya que consistía en crear una fantasía desarrollada desde el interior de uno mismo, lo que me sirvió para terminar de desbloquearme. Me dediqué a componer y a comenzar una vida normal. Logré conectarme mucho con la naturaleza y limpié mi casa, tiré todo lo viejo que representaba ese pasado que quería olvidar.

–¿Qué te llevó a volver al ruedo?

–Había recuperado mi vida normal y a salir con amigos. Un día, volvía a casa a las seis de la mañana con el auto. Paré en el semáforo de la calle Brasil y, mientras esperaba a que se pusiera en verde, un auto me chocó muy fuerte por detrás. El accidente me llevó, otra vez, a pasar varias horas en el hospital y una semana y media dolorida. En ese momento pensé que había vuelto a nacer, y me dije a mí misma: “Es tiempo de retornar, porque ahora, después de todo lo que pasé, ya no le tengo miedo a nada”.

–¿Qué disfruta y qué le molesta a la Daniela Herrero de ahora?

–Soy una chica muy solitaria. Disfruto mucho el tiempo libre. De repente, un día de sol agarro la bicicleta y me voy pedaleando a los lagos de Palermo y me quedo un buen rato ahí tirada en el pasto, recargando energía. Amo el sol. Me encanta quedarme en casa mirando una película, tirada en el sillón con mi almohadoncito, un café y un chocolate –hace un alto, frunce el entrecejo y aclara–: ¡Ojo! También tengo carácter fuerte y a veces soy gritona, al pedo, como mi mamá. Pero cuando grita el otro suelo quedarme callada como para balancear, eso está bueno también. No me gusta gritar, pero cuando me sacás, agarrate. Yo digo que lo mío sería como un: ¿grito yo o gritás vos? Los dos juntos, no (risas).

–¿Qué queda de la más rebelde de los cuatro hermanos que más de una vez ayudó a sus padres a atender la fiambrería?

–Cada vez menos. Sobre todo en lo de ayudarlos, porque cuando voy, casi siempre para las fiestas, sólo es para sentarme a la caja y cobrarles a los clientes. Y de mí infancia exitosa, a decir verdad, por momentos extraño un poco esa sensación de llevarme el mundo por delante, pero se me pasa rápido. Quizás en algún punto estuvo bueno que haya sido como fue, porque estoy convencida de que eso me hizo más fuerte, me convirtió en la persona que soy hoy. Aunque si volviera a empezar, esperaría un poco más para así poder disfrutarlo, porque no lo disfruté nada. Hoy estoy completamente segura de que cantar es mi vida y de que en los temas que componen Madre está mi mayor creación, los sentimientos más puros, de mi alma y de mi corazón.

–¿Por qué elegiste el nombre Madre para el disco?

–El día que volé de casa (a los 19), mi mamá me regaló una foto que le sacó mi viejo, la que ilustra la contratapa del disco. Esa imagen me acompaña todos los días de mi vida, pegada en el espejo de mi cuarto. El nombre Madre apareció casi una semana después de la muerte de mi abuelo. Fue muy fuerte para mí y para mí vieja cuando le di la noticia del nombre que elegí. Ese día me contó que el girasol era la flor que le gustaba a él. Ahí entendí la frase que me dijo un amigo: “No mires la muerte como el final, sino como una necesaria transformación.”


Nota publicada en la revista El Guardián.


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