Hoy, cualquiera puede cruzársela por las calles de
Colegiales, en una situación muy
diferente a la de hace una década, cuando no podía moverse de su casa sin ser
abordada por grupos de fans desesperados por una foto o un autógrafo. A días de
lanzar su nuevo disco, asegura haber recuperado la dulce y tierna sonrisa que
había perdido. Por primera vez, Daniela Herrero revela cómo el descuido de una
discográfica internacional casi la destruye, por qué no le quedan recuerdos de
su adolescencia y cómo fueron sus días en la clandestinidad.
El 16 de mayo llegará a las disquerías su último trabajo:
Madre, que será presentado a mediados de junio. “El nuevo material está hecho
pulmón”, aclara la cantante –al igual que su antecesor, Altavoz–. El disco
muestra una nueva faceta, en la que incorpora una fusión de sonidos
experimentales. “Es el trabajo más sincero y sentido que hice”, afirma. Madre
está compuesto por 11 canciones, entre las que se destacan el corte de
difusión, “Hacerte bien”, y su versión del tema de Pappo “Juntos a la par”.
Este último es muy significativo para la joven amante del blues, ya que tuvo la
suerte de interpretarlo junto al Carpo en el Gran Rex en 2004. “La Bella y la
Bestia”, ironizó aquella noche Pappo.
En 2001, Sony Music lanzó su primer disco, que llevaba como
título su nombre: Daniela Herrero. La productora había visto en la adolescente
de 16 años un potencial que había que aprovechar. Sus canciones sonaban en
todas las radios y sus discos facturaban fortunas. Fue una de las protagonistas
del éxito televisivo Costumbres argentinas, a pesar de que sólo este año empezará
a estudiar teatro. Tenía todo lo que un chico de esa edad desearía. Siete años
después, esa experiencia alocada casi terminó con ella. Luego desapareció.
Durante dos años fue como si se la hubiera tragado la tierra.
–Comenzaste con apenas
14 años, eras una nena. ¿Qué recordás de esos primeros pasos de tu carrera?
–Todo era demasiado acelerado, no alcanzaba a comprender una
cosa que ya estaba viviendo algo nuevo. Tanto que, por disposición de la
discográfica, terminé festejando mis 15 en un McDonald’s con mis fans. Hoy es
un recuerdo horrible. La explotación fue tal que no tenía tiempo para mí. Con
la banda terminábamos de tocar en un lugar y volábamos a otro. Todo era una
locura. Ver un malón de chicos golpeando los vidrios me daba mucho miedo –hace
silencio unos segundos y continúa–. Igualmente, esa etapa es como que no me
pasó a mí, es como si lo hubiera visto desde afuera. Es tan borrosa esa parte
de mi vida, la del éxito entre comillas, que hay muchas cosas que ni las
recuerdo.
–En 2008 decidiste
desaparecer. ¿Cuál fue el detonante que te llevó a tomar esa decisión?
–Fue un conjunto de cosas, pero una fue el detonante. Mi
vida se había convertido en una carrera vertiginosa que no podía controlar,
hasta que me dio un ataque que cada vez que lo recuerdo me eriza la piel. Un
día, llevé a mi hermana a la facultad y cuando llegué a casa me sentía muy mal.
Entré al baño y no bien crucé la puerta me desplomé. Me repuse un poco, me
levanté como pude y cuando me miré al espejo me asusté mucho. Las venas de la
cara parecían que iban a estallar. Media hora después iba camino a la clínica
en una ambulancia. Camila (la amiga) y los médicos creían que me había
empastillado. Pensé que me moría. Horas después, cuando logré reaccionar y me
vi envuelta en mangueras con suero decidí que, aunque era riesgoso, debía
tomarme un tiempo para reflexionar qué estaba haciendo con mi vida.
–¿Tus padres cómo
reaccionaron?
–Cuando llegaron no lo podían creer. Parecía Linda Blair en
El exorcista (risas). Estaba tirada en la cama, pálida y llena de mangueras.
Ese colapso me marcó. Quería vivir mi vida y no la que me impusieran. Por
suerte mis viejos son unos santos, me cuidaron y me apoyaron en todo. Sobre
todo cuando les dije que iba a romper con Sony.
–Entre 2008 y 2010 muy
poco se supo de vos. ¿Qué fue de tu vida?
–Aproveché para recuperar un montón de cosas que había
perdido, principalmente familiares y amigos que había dejado de ver por vivir
una vida que no era acorde a la edad que tenía. También hice terapia
alternativa grupal, con amigos y con gente que nunca había visto, y eso me
llevó a realizar sesiones de autoconocimiento. Allí trabajamos mucho la
imaginación, ya que consistía en crear una fantasía desarrollada desde el
interior de uno mismo, lo que me sirvió para terminar de desbloquearme. Me
dediqué a componer y a comenzar una vida normal. Logré conectarme mucho con la
naturaleza y limpié mi casa, tiré todo lo viejo que representaba ese pasado que
quería olvidar.
–¿Qué te llevó a
volver al ruedo?
–Había recuperado mi vida normal y a salir con amigos. Un
día, volvía a casa a las seis de la mañana con el auto. Paré en el semáforo de
la calle Brasil y, mientras esperaba a que se pusiera en verde, un auto me
chocó muy fuerte por detrás. El accidente me llevó, otra vez, a pasar varias
horas en el hospital y una semana y media dolorida. En ese momento pensé que
había vuelto a nacer, y me dije a mí misma: “Es tiempo de retornar, porque
ahora, después de todo lo que pasé, ya no le tengo miedo a nada”.
–¿Qué disfruta y qué
le molesta a la Daniela Herrero de ahora?
–Soy una chica muy solitaria. Disfruto mucho el tiempo
libre. De repente, un día de sol agarro la bicicleta y me voy pedaleando a los
lagos de Palermo y me quedo un buen rato ahí tirada en el pasto, recargando
energía. Amo el sol. Me encanta quedarme en casa mirando una película, tirada
en el sillón con mi almohadoncito, un café y un chocolate –hace un alto, frunce
el entrecejo y aclara–: ¡Ojo! También tengo carácter fuerte y a veces soy
gritona, al pedo, como mi mamá. Pero cuando grita el otro suelo quedarme
callada como para balancear, eso está bueno también. No me gusta gritar, pero
cuando me sacás, agarrate. Yo digo que lo mío sería como un: ¿grito yo o gritás
vos? Los dos juntos, no (risas).
–¿Qué queda de la más
rebelde de los cuatro hermanos que más de una vez ayudó a sus padres a atender
la fiambrería?
–Cada vez menos. Sobre todo en lo de ayudarlos, porque
cuando voy, casi siempre para las fiestas, sólo es para sentarme a la caja y
cobrarles a los clientes. Y de mí infancia exitosa, a decir verdad, por
momentos extraño un poco esa sensación de llevarme el mundo por delante, pero
se me pasa rápido. Quizás en algún punto estuvo bueno que haya sido como fue,
porque estoy convencida de que eso me hizo más fuerte, me convirtió en la
persona que soy hoy. Aunque si volviera a empezar, esperaría un poco más para así
poder disfrutarlo, porque no lo disfruté nada. Hoy estoy completamente segura
de que cantar es mi vida y de que en los temas que componen Madre está mi mayor
creación, los sentimientos más puros, de mi alma y de mi corazón.
–¿Por qué elegiste el
nombre Madre para el disco?
–El día que volé de casa (a los 19), mi mamá me regaló una
foto que le sacó mi viejo, la que ilustra la contratapa del disco. Esa imagen
me acompaña todos los días de mi vida, pegada en el espejo de mi cuarto. El
nombre Madre apareció casi una semana después de la muerte de mi abuelo. Fue
muy fuerte para mí y para mí vieja cuando le di la noticia del nombre que
elegí. Ese día me contó que el girasol era la flor que le gustaba a él. Ahí
entendí la frase que me dijo un amigo: “No mires la muerte como el final, sino
como una necesaria transformación.”
Nota publicada en la revista El Guardián.

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