jueves, 24 de mayo de 2012

“La ficción se baña en la realidad”

Celina Font. No baila por un sueño ni se pelea con colegas, pero no para de trabajar. Compite en los Martín Fierro con una serie financiada por el Incaa y viene de trabajar en una película que le cambió la vida, tanto como la maternidad.


Celina Font llega a la entrevista con una sonrisa enorme y entonando una canción del Oso Traposo. Le adjudica su felicidad a la maternidad, que le cambió la vida. Y al reconocimiento logrado por los últimos proyectos que encaró: la miniserie El paraíso, que la tuvo ocupada el año pasado, competirá este domingo 27 en varios rubros de los premios Martín Fierro; y la película Industria argentina, la fábrica es para los que trabajan recibió el Premio del Jurado Joven en el 14º Rencontres du Cinéma Sud-Américain, en Marsella. “La película fue una enseñanza de vida. La filmamos en la fábrica recuperada por la Cooperativa de Trabajo 19 de Diciembre y tuvimos la suerte de contar con la participación de quienes fueron los verdaderos protagonistas en la vida real, los trabajadores. Hablar con ellos me sirvió para crear mi personaje, Noemí, la contadora de la empresa, la más pensante de la historia”, reflexiona sobre la opera prima de Ricardo Díaz Lacoponi, que protagonizó Juan Carlos Portaluppi.

–¿Qué le enseñan a una actriz este tipo de proyectos artístico-sociales?

–Tuve la suerte de trabajar en dos proyectos de esos que no suelen contarse en la ficción. La película cuenta no sólo cómo el cierre de las fábricas afectó la vida laboral de las personas, sino cómo influyó también en su vida íntima. Eso me enseñó mucho, porque esas historias que yo veía desde afuera tuve que vivirlas desde adentro.

–¿Qué encontraste?

–Al conocer las historias de esos héroes anónimos que se formaron en cooperativas para mantener su fuente de trabajo (ante el vaciamiento de los empresarios), uno se da cuenta de su compromiso incomparable, similar al que un padre puede tener con un hijo. Para mí, fue una película sumamente educativa; fue aprender de los protagonistas de la vida real que cuando se tiene convicción y convencimiento, todo es posible, como aprender a hacer política sin la participación de los partidos políticos.

–¿La experiencia de El paraíso (que se realizó con un subsidio del Incaa y se vio en 2011 por la TV Pública) también te movilizó?

–También, porque la miniserie estaba basada en la tarea de un equipo médico de una guardia en el conurbano bonaerense y se entremezclaban las vidas de los protagonistas con las problemáticas sociales. Son historias verdaderas, de esas que suelen verse muy de vez en cuando en la ficción.

–¿Por qué creés que es así?

–Porque son historias que suelen ser estereotipadas. Generalmente, en la ficción las historias marginales no se cuentan como lo que son: relatos de vida. Por suerte, últimamente la ficción está cambiando en algo y empezó a haber una serie de obras que trata con más realismo a la marginalidad. La ficción se baña en la realidad.

–En este caso, ¿los reconocimientos que obtuvieron las legitiman?

–Sí, y me parece justo. Incluso países europeos que están sufriendo la crisis económica pidieron la película para ver cómo es eso de que los trabajadores de las empresas, fundidas por sus dueños, se organizaron y, no sólo las recuperaron, sino que las mantienen activas. Que eso sea reconocido con un premio, enorgullece. Y que El paraíso esté ternada junto a El puntero y a El hombre de tu vida ya es un premio en sí mismo. Igual, el mejor premio me lo dio la vida hace un año y medio: mi hijo Felipe.

–¿Él es responsable de que llegues cantando canciones infantiles?

–Exactamente (risas). Es que la maternidad te cambia la vida. Mi embarazo no fue el más recomendable, ya que sufrí todos los síntomas malos, absolutamente todos. Pero cuando te lo dan en los brazos, te das cuenta de que la tortura valió la pena. Después viene la época en la que ni te acordás qué era dormir. Para peor, ahora me convertí en una militante de la limpieza, sobre todo en las plazas. Odio cuando veo a alguien que mete el perro en el arenero para que haga sus necesidades, sabiendo que ahí juegan chicos. Todo eso me saca.

–¿Y qué hacés?

–Aliento a otras madres a denunciar y a reclamar para que respetemos los espacios públicos, y cuando digo “cuidemos”, me refiero a gobernantes y ciudadanos.

Entre toma y toma del fotógrafo, Font no se resiste: “Debajo un botón, ton, ton; que encontró Martín, tin, tin”. Y se ve obligada a revelar que se pasa las horas viendo videos en internet. “Las canciones se te terminan pegando, aún cuando hagas todo para evitarlo (risas). Ves, ahí es donde tengo el único reclamo para la televisión, porque para chicos de entre nueve meses y año y medio no hay casi nada”, exclama.

Cuando Celina no está limpiando paredes escritas con crayones o mirando al Oso Traposo en YouTube, sigue perfeccionándose. Está realizando entrenamiento físico y actoral sobre textos contemporáneos con Maricel Álvarez y, además, trabajando la improvisación con Matías Feldman y Santiago Gobernori. En suma, se prepara para volver el teatro con dos propuestas.

En breve empezará a ensayar Tres, del autor español Juan Carlos Rubio, que fue estrenada con éxito en Chile, Puerto Rico, Costa Rica, Estados Unidos y España. La adaptación del guión es de Jorge Schusseim y será dirigida por Lía Jelín. “Es una obra muy divertida que cuenta la historia de tres amigas, solteronas y sin hijos, que se reencuentran y, en una especie de maniobra desesperada, deciden llamar a un amigo en común para que las embarace, situación de la cual se desprenden escenas desopilantes”.

También ingresará al elenco de A dónde van los corazones rotos, una obra que transcurre en tiempo real, escrita y dirigada por Cynthia Edul, con Violeta Urtizberea, Mónica Raiola y Julián Krakov.

–Mucha formación y ensayos, ¿y Felipe?

–Antes marchaba a todos lados con él, no me despegaba un segundo. Pero desde que cumplió el año, empecé a independizarme un poco, jajajá. Ya no es el bebito chiquito que lo cargaba y me lo llevaba. Mi madre me ayuda mucho y la chica que lo cuida es lo mejor. Siempre hay una solución, porque, como aprendí en Industria argentina, cuando se quiere, se puede.


Nota publicada en la revista El Guardián.


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