El muchacho de la foto es Jampa Yeshi, de 27 años.
Se incendió el 26 de marzo 2012, en el Jantar Mantar (antiguo observatorio
astronómico de Nueva Delhi). Estaba exiliado desde 2006, estudió en
el Sherab Gatseling school durante 3
años. Los últimos 2 años vivía en Manjnuka Tilla.
El Tibet es el centro principal de las protestas contra el Gobierno
chino. Allí, los manifestantes se agolpan en las calles. De golpe, la multitud se esparce
desesperada para darle lugar a Jampa Yeshi (27), un muchacho que corre por la
desesperación de sentir como el fuego carcome su carne, y su vida. Minutos más
tarde, ese hombre, uno más en el mundo, agoniza en un hospital. Ahora, tiene el 95% de su cuerpo carbonizado. La locura lo llevó a
utilizar una de las peores formas de reclamo: incinerarse vivo.
“Docenas de tibetanos se han prendido fuego en el último año
(…), en ocasiones bebiendo queroseno para hacer que las llamas también surjan
de dentro (…), en lo que está siendo una de las mayores oleadas de inmolación
política en la historia reciente”, relató en un despacho de la agencia
norteamericana AP, Gillian Wong, reproducido en febrero por el periódico online
The Huffington Post.
Para los tibetanos, la ocupación de China de su país, sumada
a la demanda de independencia y autonomía, conforman una opresión sobre sus
pobladores que terminan desembocando en una incomprensible forma de protesta.
Una práctica completamente rechazada por las raíces judeocristianas. Sin embargo,
para el budismo y el hinduismo se trata de “causas circunstanciales”, motivo
por el cual son más tolerantes ante quienes toman estas extremas decisiones. Fue
el propio Dalai Lama (líder respetado entre la población), quien aseguró
comprender esa “forma de rebelión”.
En lo que va de 2012, esta forma de protesta ha crecido y
las organizaciones no encuentran la manera de controlar esta manera de
reclamar, la misma que era utilizada a principio de 1960, tiempos en los que
los monjes budistas se prendían fuego ante las cámaras para manifestar su
rechazo del tiránico Gobierno de Vietnam del Sur y sus protectores
estadounidenses.
Esta modalidad no parece importarle al Gobierno Chino,
quienes continúan en su rígida postura de no abandonar tierras tibetanas, sin
importarles ver cómo las imágenes de seres humanos, corriendo con llamas que
nacen hasta desde sus intestinos, agonizan, ante millones de televidentes,
mientras sus gritos comienzan a perderse, hasta que dejan de respirar, y el
ambiente se envuelve de olor a carne quemada.

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